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“Cuba y su Escuela de Cine me cambiaron la vida”. Conversamos con Alice de Andrade, la directora brasileña de ‘Veinte años’

02, ago 2018 / Tags: , , , , , , , , , , , , , ,
por Ibermedia

Silvia y Danilo, una de las parejas protagonistas de Veinte años de Alice de Andrade.

Hace unos días se estrenó en todo Brasil el extraordinario documental Veinte años con el que Alice de Andrade trenza la vida cotidiana de tres familias cubanas filmadas a lo largo de dos décadas. La película refleja también el profundo amor que la directora brasileña siente por Cuba, un país donde el tiempo pasa “de forma distinta a otros lugares” y donde ella tuvo la suerte de formarse como cineasta —y como persona— en su Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, una experiencia que, según dice en esta entrevista, le cambió la vida para siempre. Sucede que en 1992 de Andrade realizó otro documental en Cuba, Luna de miel, que podría considerarse el gran antecedente de Veinte años: fue su primera historia coral sobre el amor y la vida en pareja en la caribeña sociedad socialista, ochenta personas que se presentaron al casting y a las que ella volvió a contactar veinte años después porque “al conocer a esas personas (que cada vez que estuve en sus casas me acogieron, me cuidaron, me cocinaron, me abrazaron) supe que un día iba a volver a verlas”. Veinte años es una coproducción de Filmes do Serro de Brasil, Minerva Entertainment de Costa Rica y la propia EICTV de Cuba que recibió el apoyo de Ibermedia en la Convocatoria 2013. La película fue premiada en el Festival de Brasilia, ha sido seleccionado para la Mostra de São Paulo y los festivales de Miami, La Habana y Guadalajara, y hoy, tras su auspicioso estreno en Brasil, espera su momento para exhibirse en todo el mundo. Mientras tanto, Alice de Andrade ultima los detalles de una serie de televisión nacida de los dos documentales anteriores: por el momento se titula Ochenta destinos y son trece episodios que cuentan “las otras historias”, las que no entraron ni en Luna de miel ni en Veinte años. Un trabajo en conjunto monumental que de Andrade sólo puede explicar como “una misión”: devolver con su trabajo cinematográfico el cariño, la confianza y la generosidad que ha recibido siempre de Cuba y los cubanos.

La familia de Marlene y Mario, en 2011.

La familia de Marlene y Mario, en 2011.

Escribe TOÑO ANGULO DANERI

Me gustaría empezar preguntándote por el origen de Veinte años. Tengo claro que Luna de miel es el antecedente y que sin ese primer documental dos décadas después esta película no existiría. ¿Cuándo se te ocurrió volver sobre los pasos de algunos protagonistas de Luna de miel para rodar Veinte años?

Para Luna de miel realizamos un casting al que se presentaron personas muy especiales e interesantes de filmar. Fue un corto producido por Channel 4, aunque en realidad yo quería que fuese un mediometraje. Mi intención era utilizar esas entrevistas del casting en la película, y al final Luna de miel quedó como un corto con dos parejas. Desde entonces siempre supe que algún día iba a hacer algo con ese material, con esas personas, así que conservé las fichas de todas esas parejas y las entrevistas en VHS. En mi cabeza me repetía: “Un día lo hago, un día lo hago, un día lo hago”. Durante un tiempo viví en Francia y, cuando decidí regresar a Brasil, me dije: “Ahora es el momento”, porque empezaban las reformas de Raúl Castro y sabía que Cuba iba a cambiar.

Hay un bonito texto de Jamila Castillo, la asistente de dirección en Luna de miel, en el que cuenta los detalles de ese casting al que se presentaron cuarenta parejas a punto de casarse. Hoy, como directora ya consagrada, ¿dirías que ese casting marcó el futuro de tu carrera cinematográfica?

En realidad lo que ha marcado mi carrera y cambió mi vida es Cuba, la experiencia de estudiar en la Escuela de Cine [de San Antonio de los Baños]. Soy otra persona desde que salí de allí. Yo tenía una carrera cinematográfica, tenía un camino, pero la Escuela cambió mi perspectiva de lo que quería hacer en la vida, como cineasta y como todo. Hoy considero como una misión el devolver con mi trabajo las cosas que he recibido de Cuba y de los cubanos: el cariño, la confianza, la generosidad. Cada vez que estuve en casa de esas personas, me acogieron, me cuidaron, me cocinaron, me abrazaron. El casting fue extraordinario por eso. Era un caleidoscopio de lo que había dado como resultado ese país, una muestra de personas llenas de esperanza y ganas de vivir. Lo que quise hacer en Luna de miel fue retratar a esas personas en su tiempo. En gran parte para eso sirve el cine, para detener el tiempo y retratar un momento. El casting de Luna de miel me permitió tener un conocimiento que quizá nunca hubiese tenido de no haberlo hecho.

Con todo ese material, además, estoy haciendo una serie de trece episodios. Cada episodio cuenta la historia que ha pasado desde entonces con una pareja. Son las “otras” historias, las que no entraron en Luna de miel ni en Veinte años. La serie se llama Ochenta destinos porque, entre esos hombres y mujeres, varios viven ahora en Suecia, Suiza, Bolivia, México, Argentina, España y Estados Unidos. Son historias de vida, de gente que salió del país, y también de parejas que siguen ahí, casadas o separadas, y luchando.

La familia de Marlene y Mario, en 1992.

La familia de Marlene y Mario, en 1992.

¿Esta serie la estás haciendo con algún canal, como Luna de miel con Channel 4?

Sí, con el canal de cable Cine Brasil TV, y tiene el apoyo del Fondo Sectorial del Audiovisual, que es un organismo de la Agência Nacional do Cinema (ANCINE) de Brasil. Cuando termine este proyecto, que creo que será en mayo, supongo que daré por terminada esta etapa.

¿Cuántas horas de material tenías al empezar el montaje de Veinte años? Ahora que hablas de esta serie de trece capítulos, me suena mejor el cálculo que yo había hecho, y que debe de ser muchísimo para una película que va de 1992 al 2015, que es cuando el papa Francisco visita la isla.

Muchísimo material, uf, ni siquiera he tenido el coraje para sacar la cuenta. Porque considera esto: Luna de miel fue un documental con guión. Yo había diseñado una estructura clásica con primer acto, segundo acto y tercer acto. Fue como un guión para una película de ficción: dos parejas complementarias que se mueven bien juntas. Pero yo siempre me quedé pensando en eso, si no hubiera elegido a parejas que yo ya tenía previamente idealizadas quizá me habría salido una película diferente… Entonces en Veinte años quise hacer un largo sin guión. Y, como dicen los cubanos, “¡no fue fácil!”

Con una serie de trece episodios ya no tendrás ese problema, supongo.

Eso es lo bueno, que todo ese material me sirve hoy. El arco grande de Ochenta destinos es mi propia búsqueda por entender qué ha pasado con esas personas y con Cuba en todos estos años. Además, trabajo con antiguos compañeros de la Escuela. Hay uno que filma en Bolivia, otro en Venezuela, uno en Argentina, una muchacha en España… Un compañero de Chile hizo la post, entre los brasileños hay un guionista, un fotógrafo y la editora principal. La serie tiene también a Orlando Senna, que fue muchos años director de la Escuela, como principal guionista.

Así, si Veinte años narra lo que pasó en esas dos décadas en Cuba, en Ochenta destinos el arco temporal y geográfico se amplifica a Latinoamérica y la línea del tiempo va hasta enero del 2019, cuando la revolución cubana cumplirá sesenta años.

La familia de Mirian y Andrés, en 2011.

La familia de Mirian y Andrés, en 2011.

¿Qué tal la experiencia de volver a trabajar con compañeros de la Escuela?

La serie rehace también los lazos de la gran familia que es la EICTV. Yo no había visto a muchos de esos compañeros en veinticinco años y hemos tenido la oportunidad de volver a trabajar juntos. Cada uno filma por su cuenta y nos manda imágenes de cada país. Tenemos también una coproducción del ICAIC para utilizar imágenes de los Noticieros Latinoamericanos en la serie, lo que nos permite ubicar mejor al público joven que no tiene idea de lo que ha sido la Revolución cubana.

Ya habías trabajado con esos archivos en Memoria cubana, ¿no?

Sí, aunque en este caso las imágenes sirven para ancorar las historias de vida de los protagonistas de la serie. ¡Es un proyecto de locos!, pero creo que va a quedar muy bonita.

Volviendo a Veinte años, algo que hace que una película sea excepcional es la cantidad de lecturas que el espectador puede hacer de ella. Y yo al menos he sentido que Veinte años habla de muchas cosas y de todas al mismo tiempo, empezando, por ejemplo, por el amor. ¿Qué crees que decía Luna de miel sobre el amor en Cuba con respecto a lo que ahora viene a decir Veinte años?

En Luna de miel el amor es como más ingenuo… A mí Luna de miel me parece bastante lubitschiana, con un sentido del humor representativo de ese espíritu cubano de reírse de la vida, de los momentos duros, de sobrellevarlos con fantasía, con música y con swing, como dicen ellos. Veinte años, para mí, es una película más dura; como dices, de muchas capas. Entonces el amor aparece en un sentido más amplio también: el amor por el país, por los hijos, por la vida y por los ideales. Qué sobrevive y qué no. Qué resistió al paso del tiempo, y cómo resistió, a qué precio.

Mirian y Andrés, en 1992.

Mirian y Andrés, en 1992.

La película también habla del paso del tiempo en un país “donde el tiempo parece no pasar”. ¿Dirías que el tiempo les dura más a los cubanos que a los que vivimos en otros países?

No. Más bien supongo que por el bloqueo y por una serie de motivos, Cuba y La Habana se parecen al país y al lugar de tu infancia. El otro día una persona fue a ver Veinte años y me dijo: “Tu película me ha transportado a mi infancia”. Si recuerdas, la película empieza con un plano en una calle de La Habana donde hay un cartel que dice “El país de las maravillas”. Y maravillas… vaya. Es duro, es un país que te plantea una lucha y un enamoramiento constante. Cuba les da a las personas una identidad muy fuerte, un ideal de solidaridad muy grande (tú siempre sabes que puedes contar con ellas) y una constancia para lograr lo que se proponen porque son personas muy bien formadas. Una muchacha sale de Cuba después de haber estudiado música en el Conservatorio, al año siguiente está en una Sinfónica Nacional y un año después es la mejor solista y gana el Grammy. Esa muchacha es Camila Berg, la hija de Marlene y Mario, una de las parejas de Veinte años. Ese carácter tan propio de Cuba ya salía en el casting de Luna de miel y tiempo después sigue saliendo.

Otro ejemplo es Jamila [la asistente de dirección en Luna de miel], que hoy es cantante y le pone mucha energía a todo lo que hace. Yo hacía muchos años que no hablaba con ella, pero de pronto nos volvimos a ver y es un huracán de vida. Hizo que personas a las que ella tampoco había vuelto a ver le contaran su vida. Y también está Mirian, que en un momento de Veinte años decía que no podía coser y ahora está cosiendo unas almohadas bellísimas que le han dado dinero suficiente para comprarse una lavadora nueva.

¿Eso después de la película?

Eso lo descubrió Jamila después, sí. Me mandó fotos de las almohadas increíbles que está cosiendo y me contó que Mirian se va a buscar el relleno a no sé donde de Santiago de Cuba, y la tela a no sé qué otro sitio. Así es la gente en Cuba, se inventa maneras de salir adelante y subir alto.

La familia de Silvia y Danilo, en 2011.

La familia de Silvia y Danilo, en 2011.

Veinte años no es un documental político ni pretende serlo, pero esto que dices es interesante visto también por ese lado. Por ejemplo, una de las tres parejas, Silvia y Danilo, se fue a vivir a Miami, y por momentos uno siente que han perdido un poco esto que dices de los cubanos. Por contraste están justamente Mirian y Andrés, que hoy tienen que compartir su apartamento de 40 metros cuadrados con sus hijos y las parejas de estos, y sin embargo se ríen y bromean sobre cómo hacen para convivir tantas personas en ese espacio tan reducido.

A Silvia y Danilo se les ve como muy cansados, sí, agotados de tanto trabajar, porque en Miami tienen una vida difícil y trabajan mucho, mucho, mucho. Pero ese espíritu sigue apareciendo por ejemplo en el juego del dominó, y entonces no creo que lo hayan perdido. Igualmente me parece una gente súper corajuda.

Otro tema de la película es la repercusión que tienen las transformaciones económicas en la vida cotidiana de las personas. Y yo pensaba: esto nos está pasando constantemente a todos sin que nos demos cuenta. En Cuba, quizá porque los cambios son más lentos, un ojo entrenado como el tuyo los puede registrar y mostrar minuciosamente. Lo pensaba por ejemplo al ver algunas imágenes que me parecen de una gran poesía visual, como esas parejas que salen en una plaza hablando con sus hijos que viven fuera de Cuba a través de modernos teléfonos móviles con pantallas de video.

Ese cambio sí que vino de golpe. Con la entrada de internet y el momento en que se retoman las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, parecía que venía un viento de renovación y de transformación total. Pero las primeras transformaciones fueron muy lentas, no llegaban. Y, como soy obstinada, tuve que filmar durante mucho tiempo para reflejarlas. Como te decía, para Luna de miel yo tenía un guión muy fuerte y, en ese sentido, el documental fue fácil de editar. Pero con Veinte años tenía sólo una idea central, sin guión (de lo que me arrepiento muchísimo). Dejarme llevar por los sentimientos y por el amor, teniendo como trasfondo los cambios. Todo muy romántico, pero nada práctico visto cinematográficamente.

Silvia y Danilo, en 1992.

Silvia y Danilo, en 1992.

La visita del papa Francisco en el 2015 ¿fue lo que te dio la idea de cierre?

En realidad, yo había terminado el rodaje en el 2013, pero gané el apoyo de Ibermedia y pude filmar otra vez. Fue una suerte tremenda porque me había pasado un año escribiendo una telenovela ambientada en los años 70 y al salir de eso pude retomar Veinte años. ¡O sea que gracias a Ibermedia la película no nació vieja y pude retratar el cambio!

¿Cómo fue el rodaje?

La película la rodábamos quince días cada año. La mayor parte la hicimos entre tres personas: un director de fotografía, Nicolás Wong, una sonidista-directora asistente, Alexandra Latschev, ambos de Costa Rica, y yo. La coproducción con Costa Rica vino de una efectiva colaboración y nos permitió filmar muchas etapas del desarrollo de la violinista. Postular y ganar el apoyo de Ibermedia fue lo que nos permitió terminar bien, porque Veinte años es una película muy cuidada en su finalización. En pantalla grande se notan las texturas de las diferentes películas y cámaras, del video analógico al HD, pasando por los contactos en 35mm y las fotografías pintadas a mano. En todos sus detalles se siente el paso del tiempo. También la música fue muy trabajada.

Contactos fotográficos de Marlene mientras se preparaba para su boda, en 1992.

Contactos fotográficos de Marlene mientras se preparaba para su boda, en 1992.

La música, te lo iba a decir, es impresionante. No sólo porque comparte el título de la extraordinaria habanera de María Teresa Vera y Guillermina Aramburu, sino porque incluyes varias versiones del tema, entre ellas la que interpretan Camila y Karla Berg, las hijas de Marlene y Mario.

Quisimos comprar la versión de Omara Portuondo con Buena Vista Social Club, pero no aceptaron el precio que podíamos ofrecer por ella, que la verdad no era mucho. Recuerdo que primero compramos el tema y después fuimos comprando las versiones.

Igual pones otras cinco o seis.

Algunas las hizo el director musical de la película porque no pudimos encontrar todas las versiones que queríamos, como una bellísima del trío Los Príncipes. Además de ésta, teníamos como veinte versiones. Al final pudimos comprar otra preciosa que sí sale, la de Celeste Mendoza. Fue toda una costura hacer Veinte años.

Entonces, la llegada del papa, ¿les cayó de suerte? Porque es justo cuando la película, cronológicamente, termina.

Ésa fue la suerte que te dije, la suerte de Ibermedia. No filmamos directamente al papa, pero se ve su presencia en carteles en toda la ciudad y sale su voz a través de la radio. Allí también pude trabajar con el director de fotografía de Luna de miel, Ángel Alderete, que filmó también algunas escenas de 2011, y efectivamente, con la llegada del papa a Cuba se cierra todo. A mí me gusta mucho la fotografía de Luna de miel, me parece preciosa. Además, el Período Especial está muy poco filmado, casi no hay imágenes de esos años, no se hacía porque no había recursos. Por eso siento que hay dos cosas excepcionales allí: el haber filmado un período con tan pocas imágenes, y que sea una fotografía tan bella.

Karla, una de las gemelas de Marlene y Mario.

Karla, una de las gemelas de Marlene y Mario.

Otra cosa excepcional de Luna de miel es que muestra el ritual de la boda socialista cubana, con toda la ilusión y el lujo que se ponía en ella, en una época como el Período Especial en que casi no había recursos para todo lo demás.

Creo que era una práctica que había también en otros países socialistas, así que diría que era un incentivo del Estado socialista en general, no sólo el cubano. La idea era incentivar lo que siempre se ha considerado la primera célula de toda sociedad, la formación de una familia. Y eso venía de antes, sólo que durante el Período Especial no había nada. Hay una persona en Ochenta destinos que dice: “El sábado entré en una tienda y había de todo, incluso cámaras fotográficas, perfumes. El lunes fui a la misma tienda y todo estaba vacío”. Esta persona no lograba entender qué había pasado. En medio de esa crisis de falta de petróleo, falta de comida, falta de todo, el Estado cubano puso todo su esfuerzo en el turismo para conseguir divisas y poder importar las cosas que antes llegaban de los países del Este. De pronto los hoteles se volvieron un mundo prohibido, salvo… si tú te casabas. Junto con el hotel podías tener la cerveza, el ron. Los huevos se racionaban a dos por persona a la semana, pero para la boda tenías los huevos suficientes para hacer una torta de fantasía, esas tortas típicas de boda. En Ochenta destinos hay otra persona que cuenta que su torta era una maqueta con merengue por encima y que la torta de verdad, la que daba el Estado, se repartía en trozos en unas cajitas.

En medio de todo esto, el Estado garantizaba el derecho de todas las parejas a tener doce cosas para su boda: el vestido, el traje, la torta, el pase de bocaditos, el carro… Eran como los doce trabajos de Hércules, porque te daban doce bonos para canjear, y aunque tú quisieras el carro, eso costaba carísimo y encima había que encontrar la gasolina, que estaba súper racionada. En cuanto a la famosa luna de miel en el hotel, había que pasarse doce días de colas llegando tempranísimo para tener derecho a pagar en pesos cubanos el establecimiento turístico. Era un poco como Reina por un día: tres días de luna de miel en un hotel era para los obreros un lujo, y luego el regreso a la vida, a montar bicicleta porque no había transporte público. Hoy ya no hay nada de eso, es un tiempo que ya pasó.

Alice de Andrade, la directora brasileña de Veinte años. © Miami Film Festival.

Alice de Andrade, la directora brasileña de Veinte años. © Ana Carolina Fernandes.

Además de tu obra como guionista y directora, todo el mundo reconoce también tu impresionante trabajo de recuperación de archivos fílmicos tanto de la obra de tu padre como de los noticieros cinematográficos del cubano Santiago Álvarez. ¿Podrías contar algunos detalles de ese trabajo?

Te cuento: mi padre murió en el año 88, poco antes de que llegara Collor de Melo al poder. Ese año hicimos una retrospectiva de su obra y cuando fuimos a ver los negativos estaban todos viejísimos. Diez años después, cuando vivía en Francia, me pidieron que hiciera otra retrospectiva y ya no había más negativos. Estaban en la cinemateca de Río, al lado del mar, con toda la humedad, y como no había plata, las películas se habían echado a perder. Estuve otros diez años recuperando las películas, pidiendo presupuestos y buscando los materiales para restaurar. La Petrobras, la compañía de petróleos de Brasil que apoya mucho el cine, nos dio el dinero que necesitábamos. Con el presupuesto que nos aprobaron hicimos la restauración digital y ahí me di cuenta de que en lo digital todo puede cambiarse. Quiero decir que sobre una copia digital tú puedes cambiar íntegramente una obra, y yo tenía la intuición de que eso no estaba bien, que las películas de mi padre no estaban seguras con copias solamente digitales. Entonces me fui a estudiar, hice un master de conservación de los patrimonios culturales en París y aprendí. Tuve la suerte de tener a un maestro maravilloso como Luciano Berriatúa, que restauró todo Murnau; me hice amiga de Martin Körber, un alemán que restauró la obra de Lang, y en general conocí a gente muy buena en esto, a Alfonso del Amo, entre muchos otros. Y allí fuimos. Hicimos un proyecto de restauración de las películas de mi padre repartidas por todo el mundo y realizamos un gran trabajo, todo muy sistemático. Tenemos copias en muchas lenguas que proyectamos en cinematecas de todo el mundo e hicimos muestras por todos lados.

Así fue como aprendí a restaurar. Luego fui a La Habana a mostrar las películas de mi padre, me ofrecí para ayudar al ICAIC y logré hacer el puente con el Centro Nacional de la Cinematografía de Francia para tenerlo también todo en digital. También he hecho otras cuantas cosas en ese ramo, pero después regresé a Brasil y la restauración fue un poco dejada de lado al retomar mi carrera como cineasta. Pero es una cosa que aprendí, que sé hacer y que me gusta mucho. También he trabajado en la Cinemateca Portuguesa. Con Veinte años y Ochenta destinos fue como volver un poco a mis propios archivos. Luego de haber hecho lo que hice con la obra de mi padre y con el ICAIC, fue como decir: “Bueno, ahora voy a volver a lo mío”.

Al principio decías que lo que marcó tu carrera cinematográfica fue Cuba y el haber estudiado allí. ¿Cómo ves la Escuela de Cine y el cine cubano actual?

El nuevo-nuevo cine cubano es interesantísimo. Hay una tradición cinematográfica muy importante en el país y creo que eso se nota en su cine actual, la fuerza que tienen sus películas, su originalidad. Pero la importancia de la Escuela no sólo se refleja en el cine cubano: hay cineastas formados allí en todas partes. La última vez que pasé tiempo en la Escuela fue haciendo el trabajo de los noticieros cinematográficos del ICAIC. ¡Ah, y también hicimos un taller internacional financiado por Ibermedia: la Escuela Sobre Ruedas Para la Preservación Fílmica! Creo que toda la cooperación que nació del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, de sus ideales, ha sido fundamental para lo que vemos ahora. Es algo que no tiene precio ni comparación.

Última pregunta: ¿qué me cuentas de la nueva película de ficción que estás escribiendo? ¿La tienes avanzada?

No, todavía estoy con el guión. Eso sí, emocionalmente estoy muy enamorada de ella.

Tráiler

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