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“Medellín es una, en su belleza y en su tragedia. ¡Somos lo mismo!”. Laura Mora, la cineasta colombiana de ‘Matar a Jesús’

16, abr 2018 / Tags: , , , , , , , , , , ,
por Ibermedia

Giovanny Rodríguez y Natasha Jaramillo en Matar a Jesús, de Laura Mora.

Matar a Jesús, el primer largometraje de Laura Mora, cuenta la relación que se va tejiendo entre una estudiante de Arte de clase media y el joven sicario que mató a su padre. La historia transcurre en Medellín en el año 2002, cuando en la vida real la ciudad fue asaltada por fuerzas paramilitares alentadas desde el Estado, en una mutación de la violencia que había pasado antes por la extravagancia psicópata del Cartel de Pablo Escobar y nunca había logrado quitarse de encima a la guerrilla de las FARC. También en la vida real ese año asesinaron al padre de la directora, un abogado y profesor universitario al que le dispararon seis veces cuando iba a almorzar con un amigo. A partir de ese dolor, la cineasta colombiana construye en Matar a Jesús una extraordinaria película de ficción sobre la opción de no contestar a la violencia con más violencia, sobre los sistemas de justicia en Estados fallidos y lo que valen o no valen las personas allí donde el último fin es ganar dinero. La ciudad de Medellín no es el escenario donde todo esto sucede. Es la tercera protagonista de este filme que ha ganado ya unos quince premios en festivales internacionales, incluyendo el de Mejor Película en el Festival de Guadalajara. Para la realización de Matar a Jesús, Laura Mora recibió la ayuda de Ibermedia a la Coproducción en la Convocatoria 2015. Tres años después, con motivo de su estreno en España, conversamos con ella.

Matar a Jesús_cartel

Escribe TOÑO ANGULO DANERI

Me gustaría empezar hablando de Medellín, por el gran peso que tiene en Matar a Jesús. En mi opinión, logras algo que está al alcance de pocos cineastas: convertir la ciudad en protagonista y hacer que se sienta viva, que diga cosas, y no sea sólo el lugar donde ocurren los hechos.

Qué bien que lo dices porque era una de mis grandes obsesiones. Que Medellín realmente tomara cuerpo de “algo”, porque uno no sabe si la ciudad es madre, padre, puta, ladrona, o todo lo anterior.

Un “algo” que tampoco se resuelve en la película.

Exacto. Medellín es todas esas contradicciones, la belleza y la violencia hermanadas. Es ese valle y esa montaña que no nos dejan ver más allá de nuestras narices. Es la herencia de los aburraes, esos indios bravos de la cordillera, pero también es la herencia del narcotráfico y de la mezquindad.

Para mí, la ciudad tenía que ser una gran protagonista por la ambigüedad de mi relación con ella. Yo he odiado y he amado Medellín de la misma forma, y ahora vivo allí. Incluso hubo un día en que estando en un barrio muy bello que se llama Manrique, haciendo la preproducción de la película, a las seis de la tarde se encendieron los bombillitos y me puse a llorar. Alguien me preguntó: “¿Pero qué le pasa?”. Y yo: “Es que no me va a alcanzar la vida para contarla”.

Todos los días se producen cosas en lugares de la ciudad donde yo quisiera ser capaz de contar algo. La violencia muta, se reduce, cambia; ha habido una inversión social muy importante, y sin embargo Medellín sigue siendo contradictoriamente violenta.

La primera pregunta que plantea la película es “¿qué hacés frente a la venganza cuando la venganza se presenta como una posibilidad real y el sistema de justicia te ha dejado solo?”

¿Lo sigue siendo?

Sí. Es muy distinta a la que se conoce históricamente, que era la extravagancia de la violencia del Cartel de Medellín de Pablo Escobar, con bombas y destellos, una violencia muy salida, muy sacada. Esa violencia cambió, pero sigue siendo una ciudad donde se le pone precio a la gente, donde en muchos sectores se paga por vivir, donde hay extorsión, donde el Estado todavía no ha sabido cómo llenar unos huecos donde entra el narcotráfico y el microtráfico a llenarlos. Es una sociedad en la que todavía el dinero es el último fin. Eso significa que tu vida también tiene un precio y que al final lo más importante es tener algo y mostrarlo.

Paula, o Lita… Por cierto, ¿cómo llamas tú a la protagonista?

El nombre surgió de que tengo una muy buena amiga que se llama Paula y a quien su papá le decía Paulita o Lita. Ella también tiene una relación muy cercana con su papá, así que le dije que le iba a poner el nombre al personaje en honor a ella.

Lita se mueve por distintos barrios de la ciudad, incluso por algunos que parecen más peligrosos que donde vive el sicario Jesús. Ese conocimiento de un Medellín variado, que no se puede simplificar en “aquí viven los marginados y allá los acomodados, la clase media”, ¿te viene de familia, de tus años universitarios o es un conocimiento posterior?

Me viene de la vida y de la curiosidad. Soy una amante de la calle. Una vez, siendo muy chiquita, le dije a mi papá: “Yo ya sé adónde pertenezco, lo he encontrado”. Y él: “Ah, sí, ¿dónde?”. “La calle”, le dije. Yo tenía como once años y creo que viene de allí, de que yo desde muy pequeña tenía una gran curiosidad por conocer a la gente, atravesarla. También creo que viene de una apuesta educativa de mis padres, de nunca decirnos que un barrio es malo o tal sector es feo, o “allá no vaya porque vive gente mala”. Fue como que desde muy pequeños nos quitaron el concepto maniqueo del mundo, y eso permitió que no tuviera unas fronteras mentales o prejuicios hacia ciertos lados. Yo iba, porque me parecía bonito o porque conocía a alguien allí. A mí me gustaba mucho el punk en los noventa, entonces también iba porque había un concierto de punk.

Ese conocimiento de la ciudad era algo muy importante que quería que el personaje reflejara. También hace que uno sienta que Paula es particular, que no es del montón: es una chica a la que le gusta la calle, que tiene postura, que no le teme a la ciudad y realmente la atraviesa. Y cuando conocí a Natasha, ésa fue una de las primeras cosas por las que dije: “¡Esta es!”. No sólo porque cuando hablaba me recordaba a mí cuando tenía veinte años, sino porque andaba todo el día en su bicicleta atravesando la ciudad de arriba abajo.

Laura Mora. © Cortesía de la directora colombiana.

Laura Mora. © Cortesía de la directora colombiana.

Esta pregunta te la pensaba hacer más adelante, pero ya que has mencionado a Natasha Jaramillo, voy a adelantarla. Es sobre los dos actores protagonistas. Hasta donde sé, son “actores naturales” que antes no habían actuado en nada y en Matar a Jesús consiguen crear personajes muy solventes y creíbles. ¿Cómo los encontraste?

En el momento en que ya habíamos ganado los fondos, yo siempre decía que el casting iba a ser muy largo porque quería trabajar con actores naturales. Primero, porque en mis trabajos más personales así lo he hecho; me obsesiona la búsqueda de verdad en el proceso creativo y creo que con actores naturales, por las historias que me gusta contar, se genera una honestidad muy valiosa. Segundo, porque quería que los personajes fuesen muy jóvenes y no veía ninguna cara del cartel de actores para eso; yo creo que en una historia así no se actúa, se es. También había un tema con el lenguaje que era importante. Así que no era como esos castings abiertos que dicen: “Vamos a hacer una película, venga el que quiera”. No, lo que hicimos fue un mapa de la ciudad con los lugares en los que creíamos que este tipo de personajes podían estar.

El personaje de ella yo lo conocía muy bien. A pesar de la diferencia generacional, yo decía: “Hay que buscarla en las universidades públicas, en las facultades de Arte, en ciertos parques o en ciertos bares, ciertas esquinas, en el museo, en tales eventos culturales”. Con él también teníamos un mapa: tales barrios, tal parte del centro de Medellín que es donde se parchan este tipo de chicos, la parte baja de la ciudad donde aparecen mucho las motos. Y a ambos los encontramos en esos lugares, pero en momentos en que no estábamos haciendo casting.

¿Cómo así?

Un día fui a ver el documental de Luis Ospina Todo comenzó por el fin —que es muy mágico, te da siempre este tipo de conspiraciones— y llegué, y ella ya estaba sentada allí, y mi novio me dijo: “Esa chica me recuerda a vos”. Yo siempre había dicho que no quería que Paula se pareciera físicamente a mí, que ya había demasiado de mí en su personaje como para añadirle rasgos físicos. Pero es verdad: por detrás somos iguales. Y bueno, me senté atrás, y la miraba y la miraba…

Natasha Jaramillo y Giovanny Rodríguez, los

Natasha Jaramillo y Giovanny Rodríguez, los “actores naturales” protagonistas de Matar a Jesús.

No veías el documental por estar mirándola a ella.

¡No lo veía! Pero ella en un momento se fue, y a mí me ganó más el amor por el cine y por el Combo de Cali, y me quedé. Después me arrepentí: “Esta nenita, esta nenita era increíble”, me decía. Durante dos meses, de manera regular fui al museo para ver si la veía, y nada. Hasta que un sábado iba por el centro de Medellín, iba súper tranquila caminando a comprar vinilos, y ella pasó en su bicicleta. Yo salí corriendo como con una certeza por dentro de que era ella. Ni se lo pregunté, se lo aseguré. Le dije: “Tal día usted, a tal hora, fue a ver esta película”.

¿Y ella?

Ella me miraba aterrada como si yo fuese una psicópata, demente, stalker de mierda. Y yo: “Yo estaba detrás, y usted estaba con esta amiguita, y usted se paró, y usted se fue, y usted estaba vestida así”. Ella me dijo: “Es que es muy raro que a una la estén mirando así y una no se dé cuenta”. Mi novio estaba allí y ella lo miraba como el único adulto responsable. “Mire, yo estoy haciendo esta película”, le dije. Y ella: “A mí no me interesa, yo ni siquiera hice obras de teatro en el colegio”. Y yo: “¿Usted qué hace?”. “Estudio Artes Plásticas”. “Igual que el personaje. ¿Dónde?”. “En la Universidad de Antioquia”. “¿Cuántos años tenés?” “Veintidós”. ¡Marica, todo coincidía! “Por favor, déjame hacerte una entrevista”, le dije. “Hacemos una entrevista y ya”. Primero me dijo que no, pero al final quedó en llamarme.

Esto parece otra película de ficción.

Me pasé quince días como esperando la llamada de un novio, pegada al teléfono, hasta que apareció y me dijo: “Bueno, venga a mi casa”. Entonces fui y creo que el principio de todo fue que nos caímos muy bien. De alguna manera vio en mí muchas cosas que le dieron como mucha moral para lo que quería hacer en su vida, y a mí me dio una melancolía por lo que yo había sido. Llamé a mi mejor amiga y le dije: “¿En qué momento nos domesticaron? Éramos tan libres, ¿qué nos pasó?”. La convencí de hacer un casting con una situación muy cotidiana para ver cómo la interpretaba. Es la escena de la fiscalía en la que Paula llega a preguntar qué saben del asesinato de su padre y reacciona. Natasha lo hizo tan bien que al final estaba como aterrada de sí misma, de lo que era capaz de hacer.

En vez de darles a leer el guión, lo que hice fue contarles la película como si fuese un cuento. Puse todo el guión en prosa y se los iba leyendo

¿Y Giovanny Rodríguez?

A Giovanny lo encontramos en un parque por la zona en la que habíamos dicho que podía aparecer. Él se tocó mucho y nos dio otro nombre pensando que éramos de la policía secreta, pero al final accedió a ir al casting. Cuando llegó, él que ha crecido en un mundo muy machista, se encontró con que éramos cinco mujeres, entre las que estaban la directora de casting y mi asistente de dirección. Seguía aterrado, pero al menos se le quitó eso de que éramos de la policía: cinco mujeres solas “no pueden ser la policía”. Empezó a hablar y yo, maravillada con él. En un momento nos dijo: “Quiero salir”. Después me contó que se iba a volar, que dijo “uy, no, esto está muy raro”, pero se arrepintió y lo que hizo fue llamarme, y nos sentamos en una banca en silencio. En un momento me dijo: “¿A usted no le pasa que hay momentos en los que se cansa mucho de la vida? Yo me canso mucho de la vida”. ¡Ésa era una de las descripciones del personaje! Que, a pesar de su juventud, estaba mamado, ya no podía más. Ahí sentí otra vez eso de “éste es, lo he encontrado”.

A partir de entonces ya comenzamos a caminar con ellos. El que hace de hermano de Paula tampoco es actor, es un estudiante de Ciencias Políticas. Y el que hace de papá es un profesor que vimos en la universidad. Todos son sacados de la calle menos Carmenza Cossio, la que hace de mamá, que es una actriz formada y a la que escogí porque me encanta.

Hablas de la forma de hablar de Giovanny, con la que él construye la identidad del personaje Jesús. Cuando llegaste al rodaje, ¿lo hiciste con un guión cerrado o dejaste que los actores improvisaran a partir de la situación de cada escena?

Yo tenía un guión impresionante, de lo más estructurado, diálogo por diálogo. Y lo más tenaz es que a pesar de que ellos nunca tuvieron el guión, puedes compararlo con la película y es casi igual. Creo que esto parte de que yo conocía muy bien el lenguaje de ambos personajes. Tanto el de él, que es más de pillo, más callejero, como el de ella, más cercana a mí, digamos. Entonces hablábamos de las situaciones y ellos decían: “Yo esto lo diría así”, y muchas veces sus líneas eran mejores que el guión y quedaba. Pero otras veces yo les decía: “¿Y qué tal si esto lo decimos así?”. Y ellos: “¡Ah, claro, así mejor!”.

En vez de darles a leer el guión, lo que hice fue contarles la película como si fuese un cuento. Puse todo el guión en prosa y se los iba leyendo. De pronto les decía: “Paro, seguimos mañana”. Y ellos: “No, no. Siga, queremos ver qué va a pasar”. No les conté el final como un experimento para que también ellos tuviesen la opción de construir el debate ético de sus personajes. Ah, y una cosa también tenaz: rodamos la película cronológicamente.

Volvamos a Medellín porque esto que acabas de decir tiene que ver con otra cosa que te iba a preguntar. El representar a Medellín como una tercera protagonista que no se puede simplificar exige también una puesta en escena compleja, con muchas locaciones exteriores. Y ahora dices que lo hiciste cronológicamente. Eso fue…

¡Una pesadilla, una auténtica pesadilla de producción! Porque además había una cosa muy clara y era que no quería que el espectador local dijera: “Ah, el barrio de Jesús es tal, es el barrio de los malos”. Al contrario, quería jugar con ese espectador presentando un Medellín que evidentemente es Medellín, pero que en términos lógicos sus calles no están ligadas. Es decir, el barrio donde hacemos el baile es en la comuna noroccidental, pero la casa de Jesús está en la comuna centro-oriental. La idea es: ¡somos lo mismo! Medellín es una en su belleza y en esa esencia de barrio que no pierde así uno esté aquí o allá, pero también es una en su violencia y en su tragedia. Eso, sumado a mi obsesión por rodar cronológicamente, hizo que mi asistente de dirección tuviera que hacer más o menos treinta y cinco planes de rodaje.

¿Y cuántas locaciones?

Unas veinte locaciones para un total de treinta y dos sets, y en barrios muy distintos. Lo único que se interpuso en nuestra idea de rodar cronológicamente fue la lluvia. Para que te hagas una idea, la muerte del padre de Paula se rodó el tercer día: ella sonrió dos días y nunca más volvió a sonreír en el rodaje. Y la escena final fue el último día.

Laura Mora tras recibir el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.

Laura Mora tras recibir el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias. © David Estrada para el proyecto ¡Pacifista!

¿Cuánto tiempo has tardado en hacerla?

Ja. El guión, digamos que fueron cinco años en soledad y cinco años con Alonso (Torres), mi coguionista. Luego, laboratorio, fondos y demás, empezamos en el 2013, prácticamente hasta el 2015, que fue cuando ya ganamos los fondos de producción. Hasta allí van doce años. El casting fueron siete meses. Preproducción, cuatro semanas y media, pero el director de fotografía, que no es colombiano, sino un gran amigo australiano (James L. Brown), iba constantemente a Medellín y nos íbamos a hacer una “pre” nuestra. De rodaje iban a ser cinco semanas que se volvieron siete por la lluvia, y la postproducción fueron casi seis meses en Buenos Aires.

Digamos que entre trece y catorce años para tu primer largometraje.

Creo que una primera película sólo se logra cuando se vuelve una necesidad. Para mí era como que si no hacía Matar a Jesús me iba a morir. Esto no lo digo en broma, es verdad: sentía que ya me había entregado con mi vida al objetivo de sacar esta película sin importar qué. Creo que hacer películas en general es duro —incluso los grandes de Hollywood deben de decir lo mismo: con sus presupuestos de miles de millones de dólares, deben de tener otra clase de problemas—, pero sacar una primera película en la que estás compitiendo con un montón de gente que tiene proyectos maravillosos es perseverancia, determinación, aguante. Uno no se puede rendir, y la piel se te pone de este tamaño.

Antes contabas cómo desde tu percepción había cambiado la violencia en Medellín. ¿Cuánto tiempo estuviste fuera, viviendo en Australia?

Casi cinco años.

Ese cambio, ¿lo encontraste a tu vuelta? ¿Qué ciudad dejaste, o te llevaste a Australia, digamos, y qué ciudad encontraste a tu vuelta, ya formada como cineasta?

Lo que pasa es que Medellín ha pasado por varias fases. Voy a tratar de simplificar una historia política mucho más compleja partiendo de lo que me ha tocado vivir a mí.

En los ochenta empieza toda esa violencia ligada al narcotráfico y la mafia del Cartel de Medellín. Una vez que Escobar es asesinado en el 93, queda una ciudad como huérfana de ese patrón, que busca reordenarse pero sin que la violencia haya cesado; sólo ha dejado de tener un único dueño, por decirlo de alguna manera. Entonces los noventa fueron unos años muy raros para una sociedad que no sabía qué era y que ya se había comprometido incluso estéticamente con ciertos hábitos de la violencia ligados al narcotráfico, y en la mitad estábamos unos jóvenes muy perdidos a los que nos habían dicho que no podíamos soñar porque nos iban a matar. Luego llegaron los dos mil y toda esta era del uribismo, un país muy polarizado, en contra del fenómeno de la guerrilla de las FARC, que tras el Cartel de Medellín fue nuestro siguiente enemigo.

En Medellín pasó una cosa muy fuerte en el 2002 porque se juntaron la cultura vinculada al narcotráfico y la cultura ligada al paramilitarismo, porque es una sociedad que también ha defendido la muerte violenta, así sea de manera inconsciente. La gente había creído en ese sistema de ejercer la justicia con mano propia, entonces era caldo de cultivo para esos modelos paramilitares. El 2002 fue el año en que todo el mundo ya vio muy de frente que la ciudad era gobernada por el paramilitarismo, muy aliado por supuesto con el Estado. Era como que la ciudad volvía a tener unos dueños, y que esos dueños estaban ligados a unas estructuras criminales.

“Si voy como turista, ¿me va a pasar algo?”. ¡No, no te va a pasar nada! Porque en Medellín el crimen está organizado, y el crimen organizado respeta unos estatutos y unas dinámicas

Hasta donde sé, el asesinato de tu padre no fue un caso aislado, sino que correspondió a una especie de asalto de Medellín por parte de fuerzas paramilitares alentadas desde el Estado. Fuera de Colombia se conoce la Operación Orión, por ejemplo.

Exacto, por ahí iba. La Operación Orión, si no estoy mal, fue el 16 y 17 de octubre del 2002, y mi papá fue asesinado el 22 de octubre de ese 2002. Entonces, claro, ahí te topas con esa foto de Jesús Abad Colorado de los militares bajando detrás de uno de los jefes paramilitares que va señalando las casas de la Comuna 13. Creo que esa foto lo dice todo acerca de ese fenómeno que vivimos en Medellín.

Luego, para continuar con lo que te decía que pasó en la ciudad ahora en los años en que yo me fui, es que llegó un gran alcalde, Sergio Fajardo. Él expresó de nuevo esa contradicción de una Medellín tan violenta, tan “paraquizada” en su pensamiento, pero que eligió como alcalde a un profesor, un matemático. Este señor hace una labor a nivel de educación y de inserción social que nadie había hecho: pone bibliotecas públicas donde nadie había puesto y transforma el sistema de transporte público. Recuerdo la primera vez que volví y la primera bobada que dije al bajar del aeropuerto a la ciudad fue: “¡Hay paraderos de buses!”. Creo que las dos cosas han tenido un gran efecto en la ciudad. Después vino otra alcaldía muy buena, la de Alonso Salazar, un escritor y periodista maravilloso que seguía esa misma línea. Entonces yo me pregunto: ¿Cómo a pesar de todo seguimos siendo tan excluyentes y violentos?

Lo que creo es que nos vamos a demorar varias generaciones en deshacernos de eso, y que mientras exista el grado de desigualdad que hay, sumado a que es una sociedad cuyo valor final sigue siendo el dinero, va a ser muy difícil. Medellín tuvo más de 200 chicos asesinados el año pasado por temas ligados al microtráfico. La pregunta que me hacen muchos es: “Si voy como turista, ¿me va a pasar algo?”. ¡No, no te va a pasar absolutamente nada! Porque en Medellín el crimen está organizado, y el crimen organizado también respeta unos estatutos y unas dinámicas. Por ejemplo, Medellín es hoy en día una de las ciudades más turísticas de Latinoamérica y allí hay un ingreso importante. Eso se vuelve intocable, y es también lo macabro de estas estructuras violentas.

Natasha Jaramillo (Paula) y Giovanny Rodríguez (Jesús), en otra escena de la película.

Natasha Jaramillo (Paula) y Giovanny Rodríguez (Jesús), en otra escena de la película.

Hay una parte de la historia de Matar a Jesús que es autobiográfica: a tu padre lo asesinaron cuando tú tenías veintidós años. Pero tú no estabas ahí, no viste al sicario, ni por supuesto has podido responder nunca a las preguntas que se hace Paula acerca de quién fue y por encargo de quién lo hizo. ¿Cómo llegaste a esta historia de ficción en la que una de las víctimas no sólo tiene la oportunidad de encarar al victimario, sino hasta de cumplir el instintivo sueño de venganza?

Lo primero que hay que decir es que a mí lo que más me impresionó cuando pasó lo de mi papá fue descubrir que yo también me sentía capaz de matar, o sea, que también llevaba un asesino potencial adentro. Que si me hubiesen dicho “ése es”, yo lo habría querido matar inmediatamente. No era sólo el verbo: podía llegar al acto. Eso me impresionó sobremanera teniendo en cuenta que yo soy hija del amor, que crecí con unos papás que se adoraron, con un papá trabajador incansable que nos pudo dar acceso a una educación increíble, y a pesar de todo yo sentía eso. Era muy joven y me convertí en una pequeña bala perdida por el mundo, desconectada de la vida y muy atravesada.

Cuando me voy del país, creo que esa distancia me sirvió. Todos los días quería escribir algo sobre mi papá, no para hacer una película, sino para sacarlo de mi sistema, y no era capaz. Hasta que una noche tuve un sueño con un chico con quien conversaba en una colina y me decía: “Yo me llamo Jesús y yo maté a su papá”. Sé que suena artificioso, pero es así: me levanto a las cuatro de la mañana en el otro lado del mundo y empiezo a escribir unos textos que claramente eran una descripción de este personaje y que titulé como “Conversaciones con Jesús”. Desde ese día, cada semana tenía una conversación imaginaria con Jesús, el supuesto sicario. Ahí empecé a ver que había unas imágenes muy potentes, pero sobre todo un montón de preguntas que siempre me han inquietado acerca de la humanidad, no sólo ligadas al contexto colombiano. “Bueno, aquí está, esto va a ser”, me dije.

Pones el dedo en un tema que se suele obviar cuando se habla de la violencia en nuestras sociedades: quién es víctima y quién victimario. Quiero decir, en la película Paula y su familia claramente son víctimas de un sicario que mata al padre; nadie podría decir que además son victimarios, eso sería irresponsable. Pero en el caso de Jesús, la cosa es más ambigua, ¿no?

Mucho más. Él es víctima de todo esto que venimos mencionando: de una sociedad que excluye a muchos seres humanos incluso antes de nacer; de una violencia demasiado heredada, demasiado conocida; de un sistema capitalista que le ha dicho que la gente tiene precio y que por ese precio él también puede recibir algo; de una sociedad que le ha negado amor y un lugar simbólico en el mundo. Porque son unos chicos que nunca han recibido reconocimiento de ningún tipo, y eso lo que hace es que su vida no valga nada. Y si tu vida no vale nada, pues la del otro menos. Matar se vuelve muy fácil, es siempre la primera opción.

Hay otro tema importante para mí, y creo que también por eso apareció el nombre de Jesús en el sueño: porque me he hecho muchas preguntas acerca de la ambigua relación que hay entre la religión católica y la violencia.

Antes de ver la película pensaba que, efectivamente, la elección del nombre “Jesús” no podía ser coincidencia. Ahora que la he visto y escucho lo que dices confirmo otro tema: la incomprensión, como latinoamericanos que somos, de cómo personas tan religiosas, católicas o cristianas, pueden ser al mismo tiempo tan violentas.

Sí. ¿Cómo una sociedad que insiste en reconocerse en valores judeocristianos de supuesto respeto a la vida se mata a diario? Mi teoría es que la religión ha constituido una especie de irresponsabilidad sobre estos chicos, porque como no reconocen las instituciones, dicen: “Yo hago lo que sea y una entidad invisible en la que creo después me juzgará”. Entonces no hay una responsabilidad en vida frente al otro, sino que su única responsabilidad es con el que les abrirá las puertas del cielo.

Esta reflexión mía estaba ahí y tal vez fue por eso que el nombre que se me apareció en el sueño fue Jesús. ¿Qué herramientas tienen chicos como Jesús? A Paula lo que la salva de convertirse en una aliada más del sistema criminal es su educación, su amor, su ética, todos esos vacíos que ella tiene de alguna manera cubiertos y el otro no. Pero entonces alguien me decía: “Pobrecito Jesús”. ¿Pobrecito? ¡No, para nada! Ella se resiste a convertirse en él porque él está condenado, y está condenado no sólo por la sociedad, sino también por sus actos.

Natasha Jaramillo y Camilo Escobar, otro

Natasha Jaramillo y Camilo Escobar, otro “actor natural” (el padre de Paula) en Matar a Jesús.

Como cineasta formada académicamente, con todo lo que eso tiene de debate intelectual sobre el arte y el pensamiento contemporáneos, ¿no te planteaste hacer un documental?

Es curioso, porque yo estudié cine para hacer documental, no ficción. Llegué al cine cuando tenía dieciséis o diecisiete años, pero a los trece yo quería ser reportera de guerra. ¡Me quería ir a los Balcanes! Mi papá me dijo que tranquila, que no me tenía que ir tan lejos porque tenía una guerra a media cuadra.

Mi relación con lo visual siempre viene de que yo también veo ahí un vacío político. Nada más hermoso que una película que te remueve hasta el tuétano y sales con unas preguntas distintas.

Pero bueno, yo lo que quería era hacer documental y nunca he hecho un puto documental. Mi mamá me dice que soy tan excesivamente controladora que no me queda más que la ficción, pues es el único lugar en el mundo donde puedo controlar hasta cómo se viste la gente y decir “esa pared no me gusta” y la tiro para acá o la tiro para allá y hago lo que me da la gana. En cambio el documental me parece tan libre que me asusta. Pero algún día me aventuraré y seguramente tendrá que ver con “esto”. Ahora, Matar a Jesús también me ha liberado: me lo tenía que sacar y ya lo hice, y aunque todavía le veo miles de problemas y me digo por qué no hice esto o lo otro, ya es lo que es y seguramente voy a amar la película toda la vida y será la más importante. Por ahora me deja libre para salir a explorar otras cosas.

En Medellín todos vamos a bares donde sabemos perfectamente que pueden llegar chicos que han cruzado la línea de la violencia. Me interesaba mucho mostrar que ahí sí somos iguales

Otra cosa que me parece importante en tu acercamiento a la violencia en Matar a Jesús es el protagonismo que das al Poder Judicial. Cuando hablamos de la violencia que se ejerce desde Estado solemos pensar en militares o policías pero no en el sistema judicial, y sin embargo es brutal. Desde el punto de vista de las víctimas de esa falta de justicia, es una violencia doble, multiplicada, ante la cual, efectivamente, dan ganas de sumarse.

Para mí es lo que más habla de un Estado fallido. Si vamos al fondo, el problema de Colombia ¿cuál es? Es un problema de justicia, que no sólo tiene que ver con el esclarecimiento de los asesinatos, sino con lo que es ser justo en general, con todo. La injusticia produce violencia, efectivamente. La primera pregunta que plantea la película es “¿qué hacés frente a la venganza cuando la venganza se presenta como una posibilidad real y el sistema de justicia te ha dejado claramente solo?”. Ahí es cuando la venganza se vuelve tan atractiva y resistirse a la violencia es tan duro.

El gran problema de Colombia es que mucha gente ha sentido que puede acceder a la violencia y ejercer una justicia propia porque hace muchísimo dejó de creer en las instituciones. Y si a usted le pasa algo, le roban un celular, y no va a la policía porque sabe que allí no va a pasar nada, pues exactamente lo mismo pasa con un asesinato. Uno va a la fiscalía y basta ir una vez para saber que uno por allá no vuelve. Y no vuelve no sólo porque es un ente corrupto, sino que colapsó por la magnitud de lo que ha pasado, y ante la magnitud de lo que ha pasado se ha vuelto indolente. Es muy duro cuando vos sentís que para el que está allí eres un número más o un caso más y le importás un culo y mañana volvés y no se acordará ni de cómo te llamás.

La última: el papel de la fiesta, de la “rumba”, como punto de encuentro de toda una sociedad, al margen de donde uno proceda. Es allí donde Paula se cruza con el sicario lumpen que mató a su papá. ¿Es así?

Eso es la ciudad, eso sí que habla de una Medellín donde víctimas y victimarios vamos a los mismos lugares a rumbear y estar de fiesta. Puede que las clases más más altas no vayan, pero es porque están en otro tipo de lugares con otro tipo de bandidos, los de cuello blanco. Todos los demás sí, vamos a bares donde sabemos perfectamente que pueden llegar chicos que han cruzado esa línea. Me interesaba mucho mostrar que ahí sí somos iguales; luego salimos y es como “no me mires porque tú no eres como yo o vives en un barrio que no me gusta”. Pero en la película yo quería mezclar todas esas manifestaciones populares que encuentro tan bellas y suceden en un momento, aunque después no nos demos cuenta de que acabamos de estar ahí, impregnados de lo mismo.

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