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Julia Lübbert y Pepa San Martín, protagonista y directora de 'Rara'.

Sara tiene 12 años, no sabe si le gusta o no un chico de su colegio ni tampoco si contarle un secreto a su mejor amiga. A las confusiones propias de la entrada en la adolescencia se suma el tener que asimilar que su madre está enamorada de otra mujer y que esa relación, en la sociedad ultraconservadora en la que vive, puede hacer que un juez ordene que ella y su hermana pequeña tengan que irse a vivir con su padre. A partir de esta premisa dramática, inspirada en la historia real de la jueza Karen Atala a la que el Estado chileno le retiró la custodia de sus hijas por su orientación sexual, la debutante Pepa San Martín construye una película tan sorprendente, elegante y equilibrada en sus dosis de drama y fresco natural de los conflictos del mundo contemporáneo como Rara, con la que acaba de obtener el Premio Horizontes Latinos de la 64ª edición del Festival de Cine de San Sebastián. Para adjudicarle el premio, el jurado destacó el “dominio cinematográfico” del filme, así como un guión “inteligente” que se detiene “en un aspecto de la realidad escasamente retratado” y “la valentía [de la cineasta chilena] al dar visibilidad a una familia no tradicional a través de la mirada de una niña”. En esta entrevista concedida a Paula Oróstica y Cédric Lépine, Pepa San Martín demuestra, sin embargo, que Rara no es solamente “el caso Atala” (que terminó, por cierto, con una condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) contra el Estado de su país por discriminación), “sino muchas otras cosas a la vez, por eso es una ficción y no un documental o una biografía”. Rara es una joya, una fabulosa ópera prima y, por supuesto, una película para ver en familia, que en su día recibió ayuda del Programa Ibermedia.

Escriben PAULA ORÓSTICA y CÉDRIC LÉPINE

PAULA ORÓSTICA: Sabemos que comenzaste haciendo teatro, ¿cómo nació la necesidad de hacer cine?

Empecé haciendo teatro, primero en Santiago, luego en Curicó. Tenía una compañía, era directora. Conocí a Alicia Scherson cuando venía a Chile. Me comentó que haría una película y que le gustaría que fuese al casting porque había un personaje que yo podía hacer. Participé en el casting y luego ella me propuso hacer algo así como una práctica en asistente de dirección y me interesó la propuesta. Me vine a Santiago y me enamoré del cine. La primera vez que entré a un set de grabación me dije “¿qué es esto, que no me habían avisado?”, y de ahí nunca más volví al teatro.

CÉDRIC LÉPINE: En tu recorrido, has trabajado con muchos directores y directoras, y como asistente de dirección, has participado en muchas películas: La pasión de Michelangelo, Sentados frente al fuego, Verano, Ilusiones ópticas, Huacho, Radio Corazón, Play, Turistas…

Sí, me quedé en Santiago y me quedé en el cine y he trabajado con muchos directores chilenos. He hecho alrededor de 28 películas. Pero también he hecho televisión, telefilmes, comerciales… No he tenido una educación académica del cine, nunca, pero me encontré con muy buenos maestros y de todos los directores y directoras con los que he trabajado he aprendido algo. He trabajado con José Luis Torres Leiva, con Alejandro Fernández Almendras, entre otros. Eso ha sido muy interesante porque se aprende de sus discursos, se aprende de su experiencia.

Mi película no es LGBT. Es una película de una familia y en esa familia hay una madre que es lesbiana. Es distinto

P. O.: Justamente, ¿cómo te ha servido tu experiencia en teatro con respecto a la dirección de los actores?

El teatro me ha servido para entender la emocionalidad de un actor, entender lo viscerales que son. Es difícil ser actor, y es muy difícil ser actor en cine, es un lugar muy expuesto. Entonces creo haber entendido en el teatro que mi deber como directora es que los actores confíen en mí, que se entreguen. Por lo mismo, para honrar esta confianza, debo observar su actuar y estar muy atenta a lo que están haciendo: si se sienten o no cómodos, si les gusta lo que están haciendo. El resto es comunicación; y con todos los actores es distinto. Yo sé que existen técnicas, y sé que sirven, obviamente, pero creo que lo más importante es el diálogo y la relación de confianza que tú estableces con tu elenco.

P. O.: En el caso de tu película Rara, el desafío fue importante al trabajar con niñas pequeñas, que no es lo mismo que trabajar con adultos…

Ése fue mi desafío, sí. Y lo logramos…, nos preocupamos de ello. Como asistente de dirección, soy una estratega en las películas y lo fui de mi propia película. Entonces sabía, sabíamos, que las niñas eran lo más importante. El guión debía ser bueno, pero todo eso daba lo mismo si las niñas fallaban; entonces les dedicamos el tiempo. Y tuvimos suerte también. Buscamos durante tres meses las niñas, y cuando las encontramos, dejamos dos para cada personaje. Luego realicé un taller de tres meses más. Me di el tiempo. Sabía que en lo único que no me podía equivocar era en eso. En la elección de mis protagonistas me estaba jugando cinco años de trabajo y mi carrera.

C. L.: Hablando de la película, ¿cómo surge el interés por este tema? ¿Sientes, como directora, la necesidad de hablar de ello?

Todo parte de la necesidad de hablar de un tema. Yo creo que los directores de cine, antes que nada, somos comunicadores, queremos decir algo. Si no tenemos eso, hablaríamos de un cine muy liviano y muy pobre. La película está inspirada en un hecho real. Yo, hace algunos años, seguí el caso de la jueza Atala, que fue muy emblemático en Chile, y que la prensa tapó mucho también. Yo siempre cuento esto, porque fue una situación muy importante: estaba con mi familia un domingo y seguía este caso sin incluso estar consciente de que me interesaba. Y vi a mi madre y a mi hermano discutiendo de ello y comentando “mira qué pena, les quitaron las niñas”, y luego dar vuelta a la página y sigamos con otra noticia. Y creo que me empecé a angustiar de la poca responsabilidad que tenemos de los actos que cometemos con los niños. Cómo la vida de ellos se ve convulsionada con las decisiones de los padres, de los adultos.

Fotograma de Rara, de Pepa San Martín.

Fotograma de Rara, de Pepa San Martín.

P. O.: ¿Por qué no hacer un documental?

Todo esto que les cuento comenzó a ensamblarse y dar origen a Rara. Porque la película no es solamente ese caso, sino muchas otras cosas a la vez. Por eso es una ficción y no un documental o una biografía.

Entrevisté familias separadas, familias homoparentales, me encontré con muchos casos de litigios de custodia en el caso de homosexuales. Todo eso se confabula para que nosotras (yo y mis dos productoras) sintamos que necesitamos hablar de ciertos temas desde otras perspectivas. Está bien, están haciendo leyes que obligan a respetar a los homosexuales, pero las leyes las dictan señores que yo no conozco, por eso es muy importante humanizar las leyes. Eso es responsabilidad nuestra. Estamos aprendiendo a convivir con los hijos de las familias homoparentales, pero todavía no es común.

Yo creo que poco a poco vamos a ir estableciendo nuevos parámetros sociales. La película no quiere entrar en la mesa de los convencidos (obvio que también es importante). Los que ya están convencidos son nuestros. Yo quiero entrar en la mesa de los no convencidos, de los que dudan todavía, de los que se preguntan: “¿Será normal, estarán felices las niñitas?”. Esos son los que me interesan.

P. O.: Hay entonces una intencionalidad de reivindicación. ¿Podríamos hablar de una militancia?

Sí, obvio. Yo soy homosexual y hago cine desde mi realidad. Es lo que me interesa. No sé si es una reivindicación, porque mi película no es panfletaria. Lo que sí me interesa es ver otra perspectiva de las cosas. Yo creo que en general a las mujeres se les juzga mucho. Por lo mismo hay tan pocas mujeres presentes en los festivales, como directoras, como jurados. Hay muy pocas. Las mujeres siempre tienen que elegir entre su vida maternal y familiar y su vida profesional.

Yo he vivido discriminaciones más sutiles, que me parecen muy interesantes. Por ejemplo, la familia que puedo constituir no tiene el mismo valor que la familia que puede constituir mi hermano. Y yo lo entiendo, desde la ignorancia: “mi familia no es igual que la familia de mi hermano”. A mí se me acepta, se me tolera, me quieren, pero en el fondo para ellos yo tengo un problema.

Están haciendo leyes que obligan a respetar a los homosexuales, pero las leyes las dictan señores que no conozco, por eso es muy importante humanizar las leyes. Es responsabilidad nuestra

P. O.: ¿Por qué contar esta historia a través de los ojos de una niña que comienza su adolescencia?

La primera versión del guión era desde el punto de vista de la madre, pero no me gustó, lo encontré súper aburrida. Me pregunté: ¿quién es la rara de la historia? ¿Quién se siente más rara? La hija. Esta niña de 12 años que de pronto se da cuenta de que su familia es distinta a la que está al frente. Cuando eres pequeña no te das cuenta; es en la adolescencia que tomas conciencia de dónde estas, cómo es tu familia, cómo son los miembros de tu familia. Y es también a esa edad en que adquirimos nuestros prejuicios más fuertes. Por eso vemos el contrapunto de la hermana menor, a la que le da lo mismo y no tiene prejuicios; que no entiende por qué no puede decir que su madre tiene una novia. La más grande tampoco lo entiende, no tiene la respuesta, pero sabe que tiene que esconderlo. Se trata de la construcción de lo humano, la construcción de la sociedad. Tenemos que tomar conciencia de lo que estamos heredando a los niños.

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C. L.: Con respecto a esta intención de generar un diálogo, ¿te parece que la película propone la posibilidad de establecer relaciones entre individuos de la familia (y entonces de la sociedad)?

Las películas tienen la capacidad de sorprender a sus propios directores. Eso es súper importante. Muchas cosas funcionan por instinto. Yo me siento muy sorprendida por el resultado y el tono familiar de mi película, que se puede ver en familia y así lograr un diálogo familiar frente a los hechos. Mi película viene referenciada de Chile, que es un país donde la Iglesia católica tiene mucha injerencia. Hace poco por primera vez logramos una discusión en el Congreso sobre el aborto, y sólo con tres causales. Eso es un producto de la dictadura, el no atreverse a hablar los temas directamente: “que los niños no sepan porque les puede afectar”. No estamos como sociedad acostumbrados a conversar las cosas, a dialogar. Yo considero que somos una sociedad mentirosa, que queremos cambios pero cambios chiquititos; que parezcamos mucho más avanzados de lo que en realidad somos.

C. L.: Conversando con otras directoras y directores chilenos —como Carmen Castillo— podemos ver un mundo muy oscuro, una sociedad en la que la derecha no se acompleja para decir “los homosexuales no nos gustan”; una sociedad pragmática de ideología ultracatólica y neoliberal en la que los individuos son una función del sistema.

Voy a hablar de Chile. Yo creo que allá es algo que cuesta cambiar, es muy arraigado. Por ejemplo, decir: “ya, OK, los homosexuales existen, no lo podemos negar, vamos a hacer una ley, pero no un matrimonio”. Creo que estamos aprendiendo a vivir este nuevo proceso social. Es como decir: “ya, tienen un espacio, ¿que más quieren?”. ¡Yo quiero mucho más! No hay que olvidar que hay países donde todavía matan a los homosexuales.

La chilena es una sociedad mentirosa. Queremos cambios pero cambios chiquititos; que parezcamos más avanzados de lo que en realidad somos

P. O.: ¿Qué piensas del cine político que se puede estar o no haciendo en Chile?

La película chilena Aquí no ha pasado nada, de Alejandro Fernández Almendras, está inspirada en un caso real. Nunca vas a estar solo, de Alex Anwandter, también es un caso real. De alguna forma, el cine está volviendo a ser un reflejo social, estamos volviendo a tomar temas que nos preocupan y viéndolos en pantalla. El cine es un arma política. En Chile dejamos de hacer cine político y nos dedicamos a hacer un cine más estético, y ahora viene otra fase, de los directores y productores que quieren empoderarse y hablar de temas que nos importan. Es mi primera película, y yo aprendí que las películas son un discurso, y una, como directora, debe tener un cierto análisis de lo que está hablando. Por eso es importante también haber hecho mi opera prima a los 40 años, con experiencia. El cine debe tener contenido.

P. O.: ¿Con qué opciones cinematográficas chilenas te sientes más próxima?

Alejandro Fernández Almendras es de los que más me gustan. He trabajado con él y entiendo su concepto, entiendo su discurso. También la línea política de Andrés Wood… El cine cada vez es más accesible: tener una cámara y ponerse a filmar lo que a uno le interesa. Antes (y éste es un prejuicio mío) el cine era más elitista, lo hacían quienes tenían detrás una familia que los apoyaba con el dinero para pagar el arriendo, mientras que ahora yo, por ejemplo, no tengo esa familia. Eso te hace estar más conectado con la calle; ya no se habla de estos mundos como si vinieran de otro lado, el cine está más callejero, más cercano.

C. L.: En tu película vemos una clase social confortable que conoce sus derechos y que, aun así, las cosas se les hacen muy difíciles. De ello podemos imaginar que para las clases bajas, los temas de discriminación y defensa de sus derechos están mucho peor…

¡Claro! ¡Están mucho más desprotegidos! Latinoamérica todavía es un continente bárbaro. El femicidio, por ejemplo, es un tema súper importante: las mujeres están muriendo en manos de los hombres de manera numerosa. Mucho más de lo que se cree. Eso es la ignorancia… Una de las cosas más interesantes entre el caso real y mi película es que esta jueza, que hace 15 años firmó respetar la Constitución, después ese mismo mundo se le viene encima. En la película tratamos de no juzgar a los personajes, lo que movía a las personas en la realidad, lo que ellos sentían. Ellos pensaban que hacían lo mejor para sus hijas. Eso es ignorancia: la ignorancia hace que una perdone muchas cosas.

Julia Lübbert en Rara, de Pepa San Martín.

Julia Lübbert en Rara, de Pepa San Martín.

C. L.: Y para que los prejuicios se vayan borrando, ¿debiera el cine tener un papel de comunicación, de educación, relacionar a gente que no se conoce?

Sí, las perspectivas cambian cuando la gente conoce acerca de los homosexuales. Son procesos que se van desarrollando naturalmente. Lo único que le puede ganar a la ignorancia, en estos casos, es el amor. Por eso preferimos hacer una película familiar: la historia de una familia que se desarma. No quisimos entrar en la pelea en los tribunales; si fuera por eso, podrías leer el caso. No, yo quería empatizar con otro lado.

Yo crecí viendo películas donde los protagonistas eran heterosexuales y yo los adaptaba a mi realidad y empatizaba perfectamente. ¡¿Por qué un personaje heterosexual no se puede ver reflejado en mi película, si las emociones no tienen género?! En todas mis películas siempre hay un personaje homosexual, pero yo no busco forzosamente la reivindicación del homosexualismo, yo busco que un heterosexual también se sienta reflejado en lo que le está pasando. Eso es igualdad. Mi película no es LGBT. Es una película de una familia y en esa familia hay una madre que es lesbiana. Es distinto.

Mi película era criticada, decían: “es una película liviana para la guerrilla”. Sí, es una película liviana. Pero yo creo que necesitamos, desde nuestra propia minoría, abrirnos a otros temas. Porque no vivimos en guetos, yo no me junto únicamente con homosexuales; siempre soy la que menos hay en una mesa, eso sí. Hay que ir poco a poco, con humor.

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