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©Celia Bendelac

Azul y no tan rosa, ópera prima del actor y director venezolano Miguel Ferrari, ganó a principios de este año el Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana y confirmó el espléndido momento que vive el cine de su país, tras los galardones obtenidos el año pasado por La distancia más larga, de Claudia Pinto, ganadora del Glauber Rocha en el Festival de Montreal, y Pelo Malo, de Mariana Rondón, Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián. Miguel Ferrari vive entre Caracas y Madrid, y fue en esta última ciudad donde concedió esta entrevista exclusiva para la sección Nuestras Crónicas del portal de Ibermedia.

Escribe ESTEFANÍA MAGRO

En unos días, Miguel Ferrari volará de Madrid a su Caracas natal para dirigir De mutuo desacuerdo, una obra de teatro escrita por el escritor y dramaturgo español Fernando J. López, y protagonizada por Sócrates Serrano, uno de los actores principales de Azul y no tan rosa. La obra aborda uno de los mayores problemas que provoca la separación de una pareja: el dolor que, voluntariamente o no, los padres al divorciarse infringen a los hijos, víctimas de una ruptura familiar que no comprenden y que a veces tampoco están dispuestos a aceptar. No pacíficamente, al menos en este caso, pues el hijo de De mutuo desacuerdo es un adolescente ‘conflictivo’ que les hace bullying a sus compañeros de la secundaria. Con esta pieza teatral, Ferrari volverá a intentar lo que ya consiguió con éxito en su celebrada primera película como director: invitar al espectador a reflexionar acerca de la familia “en el sentido más evolucionado del término”, a identificarse con la historia, a proyectar sus propias vivencias y, finalmente, a poner en cuestión sus certezas y prejuicios acerca de algunos de los asuntos más complejos y polémicos de la vida contemporánea. Pero también volverá a un terreno que le es conocido y caro a sus afectos: el teatro, esa disciplina en la que se formó como actor y que posteriormente le ha servido para enfrentar todos los desafíos que se ha ido planteando a lo largo de la vida, empezando por el cine, siguiendo por la televisión, y terminando otra vez en el cine, su más preciado sueño. Un sueño que, con Azul y no tan rosa, ha dado por cumplido. Cumplido por el momento, porque en realidad el sueño como director de cine de Miguel Ferrari acaba de empezar.

Azul y no tan rosa_cartel_240x

Viniendo del mundo del teatro, ¿cuándo te diste cuenta de que querías dedicarte al cine?

De siempre. Mi idea como actor siempre fue dedicarme al cine, porque es una de las cosas que más me apasionan. Al venir de las tablas, considero que el proceso de formación, las herramientas, los recursos… son mucho más sólidos cuando vienen del teatro, porque da una cultura general muy extensa para afrontar cualquier papel.

Debuté profesionalmente muy joven, con 21 años, recién licenciado en la escuela de arte dramático. Pero las oportunidades en el cine eran muy pocas porque en esos años 80 de crisis económica se hacían muy pocas películas; incluso hubo algún año en que ni siquiera se produjo una… Ya sabes que los gobernantes, cuando recortan, atacan primero por la cultura. Por aquel entonces todavía no teníamos una Ley de Cine como la que tenemos ahora, por la que han luchado muchísimas generaciones en Venezuela. Una estupenda Ley que permite que los nuevos proyectos se financian a través de la empresa privada: todas las productoras y cadenas de televisión, todos los exhibidores y distribuidores, es decir, todos los que tienen que ver con el quehacer audiovisual deben dar un pequeño porcentaje de sus ganancias anuales para la producción y financiamiento de nuevas producciones cinematográficas.

Ahora tengo mi productora de cine en Venezuela, Plenilunio Film & Arts, y me he visto beneficiado por esta Ley; y con Azul y no tan rosa también he aportado a la realización de proyectos de otros compañeros, así que creo que ésa es una de sus grandes bondades. Otra de sus bondades tiene que ver con la exhibición. Los exhibidores están obligados a que tu película permanezca dos semanas en cartelera, cosa que es muy interesante porque da tiempo a la gente para hacer esa promoción gratuita que es el boca a boca. Para nosotros es muy importante porque sabemos lo costoso que es promocionar una película. En Venezuela seguirá en cartelera siempre y cuando cumpla un promedio establecido de espectadores semanales por sala; si supera o iguala ese promedio, el exhibidor se encuentra en la obligación de dejarla. El éxito de Azul y no tan rosa se ha beneficiado también por esta Ley, pues estuvo diez meses en cartelera, récord de permanencia. Estoy feliz por formar parte de esta nueva generación de cineastas que vienen con ideas frescas y con ganas de contar otras historias. Y el público estoy seguro que lo agradece, por eso asiste masivamente a la sala, porque está viendo un nuevo cine venezolano donde se abarcan muchísimos temas y nuevos géneros que no se habían abordado antes.

© Miguel Ángel Fernández (Shangay)

© Miguel Ángel Fernández (Shangay)

Ahora, ¿cómo pasé de actor a director? Viendo que los pocos proyectos que me venían eran guiones que no me satisfacían pero que de alguna manera tenía ganas de hacer por esa necesidad mía de actuar para la gran pantalla —que era el propósito de mis sueños y la ilusión de mi vida como actor— decidí que si la montaña no venía a Mahoma, Mahoma iba a ir a la montaña. Y fue en el mejor momento de mi carrera en Venezuela, actuando con las compañías de teatro más importantes y protagonizando en el cine, el teatro y la televisión, por eso considero que fue un paso valiente. En vez de quedarme apoltronado en mi casa, ganando un excelente sueldo haciendo telenovelas, decidí poner 6.000 kilómetros de distancia y venir a España a estudiar dirección de cine.

Con Azul y no tan rosa quería hacer una película que hablara de la familia en el sentido más evolucionado de la palabra. No de la familia clásica madre-padre-hijos, sino de familias monoparentales que también existen

¿Por qué elegiste España para tu formación como director?

Es una buena pregunta. Mucha gente me dice que por qué no elegí una reconocida escuela de cine como la de Roma, la Cinecittà. Soy venezolano, pero mis padres son italianos, así que no sé. Hubo algo que me llamó mucho la atención de España. Cuando en Venezuela no se sabía nada sobre el nuevo cine español, yo lo descubrí, empecé a ver algunas películas y a asistir a ciclos especiales. Así descubrí a Almodóvar. Me pareció que tenía un lenguaje muy original, un creador con mucha desfachatez, muy rompedor en ese momento, en los 80. Y, por supuesto, a lo largo de los 90.

Ahora que lo dices, hay algo de Azul y no tan rosa que me recuerda a Almodóvar. La historia, los personajes…

Sí, por el personaje de Delirio, que es tan almodovariano. Yo me considero un seguidor de toda su obra. Me gusta mucho. Pero también me gusta mucho el cine italiano: Tornatore, Rossellini, Antonioni… Si tengo que analizar la película, quizás encuentro más influencias de Tornatore. Una de mis películas favoritas es Cinema Paradiso, que me marcó mucho por la historia que cuenta, por ese chico de aquel pequeño pueblo y por ese señor que era para él como un padre, que era proyeccionista del cine y que le dijo: “Vete de aquí, aquí no vas a ser nada. No quiero oírte hablar de los demás, sino que los demás hablen de ti”. Quizás se parece a mi vida cuando tomé esa decisión y dije: no quiero verme en un futuro hablando de los demás y de lo que podría haber hecho. Quiero que los demás puedan hablar de las cosas de las que me siento orgulloso de haber logrado.

Ahora, no me siento mal cuando comparan la película con el cine de Almodóvar. Me siento muy orgulloso. También descubrí a Alejandro Amenábar en esos ciclos de cine español; un director que con apenas 21 años había hecho una película tan maravillosa como Tesis, impresionante, con un manejo del lenguaje cinematográfico impecable. Y yo dije: si esto lo hizo un chico de 21 años en España, debe ser que en España están pasando cosas interesantes. Me vine a estudiar finalmente en 1999 a la Escuela de Cine Septima Ars. A pesar de que cuando comencé me aburría porque yo ya sabía como actor lo que era un plano corto, un plano medio, un plano abierto, un plano secuencia…, al final toda esa primera parte fue buena. Fue como comenzar a centrarme en lo propio del lenguaje cinematográfico y a aprender muchas cosas de mis maestros. Finalmente, ahí está: una primera película.

©Celia Bendelac

©Celia Bendelac

En 1999 llegas a España y en 2008 te surge una idea…

Sí, diez años después. Yo ya había hecho cortometrajes, que creo que es una experiencia muy interesante para cualquier cineasta, pasar por ella. Tengo una teoría en relación a eso: no todos los directores que hacen largometrajes son buenos haciendo cortos y no todos los cortometrajistas son buenos haciendo largos. Creo que son cosas totalmente diferentes. Yo me considero más un creador de historias de largo alcance, pero los cortometrajes me enriquecieron mucho. Es la oportunidad que tienes como creador de arriesgar mucho y de explorar. Cuando ya vas hacer un largometraje, no te puedes dar tantas licencias porque el cine es muy costoso, con mucho dinero y recursos en juego. A mí me gusta llevarlo todo bien atado. El objetivo de uno cuando hace una película es terminarla, no que se quede a medias y después ponerte a buscar dinero para terminarla. Eso es muy triste, y además perjudica mucho el producto final.

Ahora, en Venezuela, tenemos una estupenda Ley de Cine que permite que los nuevos proyectos se financian a través de la empresa privada

Como todo llega en el momento que debe llegar, éste llegó diez años después, cuando estaba preparado para hacerlo. Mientras, seguí trabajando como actor. Ése es, y probablemente siga siendo, mi medio de subsistencia. Así que volví muchas veces a Venezuela a trabajar en una de las cosas de las que viven los actores allí, que es de la telenovela. Aunque a muchos les parezca algo secundario, malo o terrible, a mí no me lo parece. La telenovela es un género muy interesante que gusta mucho y que seguirá existiendo siempre, y es un medio de subsistencia, porque también los actores tenemos que pagar nuestras facturas a final de mes. Ésa fue otra de las razones por las que di un paso adelante y me arriesgué. Hice una proyección hacia el futuro y pensé: “¿Qué estaré haciendo yo dentro de 20 años?”. Y lo que me imaginé fue que iba a estar haciendo la misma telenovela, con las mismas situaciones, así que dije no. Otra frase que digo es que los valientes siempre tienen un premio. No me arrepiento, por supuesto. Quizás hubiera podido tener más dinero, pero prefiero ser feliz, porque no hay nada que me haga más feliz que hacer mi trabajo y que eso pueda cambiar de manera positiva a muchas personas.

¿Qué te inspiró para hacer Azul y no tan rosa?

Por una serie de circunstancias, siempre he pensado que era importante comenzar a hablar de cosas que no se hablaban en mi país por prejuicios, como es el tema de la homosexualidad. Homosexual es una palabra que no se pronunciaba y que todavía no se pronuncia en Venezuela. A los medios de comunicación les cuesta mucho, es como si no existiera. La gente sabe que existe, pero tampoco habla de eso, porque es incómodo. Por otro lado, yo siempre he criticado el tratamiento que se ha hecho de la homosexualidad a través de los programas de humor en la televisión, el cine o el teatro, donde los personajes homosexuales son siempre tratados de una manera burlesca, humillante y estereotipada. Y como no ha habido nunca voluntad política ni educación para entender que la homosexualidad ya dejó de ser una enfermedad, y que sólo por preceptos religiosos se mantenga cierta aversión a ella, a mí me interesaba hablar de todo eso. En uno de esos viajes en los que volví a mi país, fui al cine a ver Kinsey, en la que Liam Neeson era un doctor especializado en sexualidad. Y a los 60 minutos de haber comenzado la película, este personaje se besa con su asistente. Me impresionó cómo la gente empezó a abuchear este momento. Lo empezaron a pitar, comenzaron a levantarse de la sala y a irse. Me quedé prácticamente solo, con dos o tres personas. Y dije: “¿Cómo es posible que esté pasando esto?”. Yo venía de vivir varios años en Madrid, donde esto era algo natural, de lo que no se hablaba ya porque era una cosa superadísima. Entonces dije: “Voy a hacer que en mi película dos hombres se besen en los primeros cinco minutos, y mi gran reto será que el público permanezca sentado en la sala de cine, que no se vaya”. Lo que intenté es que el público empatizara con estos personajes, que se identificara con ellos, que se diese cuenta de que son personas que tienen las mismas emociones y que sufren igual como puede sufrir cualquiera.

Además, quería hacer una película que hablara de la familia en el sentido más evolucionado de la palabra. No de la familia clásica madre-padre-hijos, sino de familias monoparentales que también existen y que son igual de dignas. O familias conformadas por dos padres o dos madres. Porque también en España, cuando se estaba debatiendo la ley de matrimonios igualitarios, me sorprendió muchísimo cómo ante algo que parecía que estaba totalmente superado apareció una parte de la población que se oponía a esto. Y los medios de comunicación hicieron grandes debates en los que tuvimos que escuchar barbaridades como que un matrimonio así era antinatural y que el tema de la adopción era una aberración, que un niño no podía crecer de una manera sana ni normal en una familia así porque de adulto iba a tener muchos problemas en la vida. Analizando esta situación, la proyecté en el tiempo: ¿qué pasaría con un niño que vive con una familia conformada por dos padres o dos madres? Mi conclusión es que un niño lo que necesita es crecer en un ambiente donde haya amor y donde se le inculquen valores tan importantes, pero que se han perdido, como la honestidad, la solidaridad, el respeto hacia las personas que tienen una opción diferente… Un hogar donde se enseñe a no discriminar. Ésa es la línea argumental principal de Azul y no tan rosa: un padre homosexual que se reencuentra con su hijo a través del amor, a pesar de sus diferencias. Los cuatro personajes principales forman parte de una pequeña familia en la que cada uno es de alguna manera discriminado por la sociedad. El chico que cree que es feo porque no cumple con unos patrones de belleza establecidos, que es algo terrible que está sucediendo con los adolescentes. O Perla Marina, maltratada y considerada inferior por el hecho de ser mujer. O el personaje transexual de Delio. Al principio pueden resultar raros al espectador, por lo menos en la sociedad latinoamericana, pero al final terminan amándolos.

©Celia Bendelac

©Celia Bendelac

La distancia más larga, de Claudia Pinto, gana el Glauber Rocha en el Festival de Montreal; Pelo Malo, de Mariana Rondón, gana la Concha de Oro en San Sebastián, y tu película gana el Goya a la mejor película iberoamericana. Todo el mismo año. ¿Qué está pasando en el cine venezolano?

Es el trabajo de una nueva generación que viene con una gran formación y también que está comenzando a salir de esos clichés en los que ha estado envuelto nuestro cine. Hemos mejorado mucho los guiones, pero lo importante es creer que siempre puedes hacer mejor las cosas. Por lo menos es mi caso, incluso tras haber hecho una primera película que ha obtenido más de diez premios en festivales internacionales de cine, un Goya y una gran aceptación mundial por parte del público y de gran parte de la crítica. Siempre con ganas de aprender algo diferente y de no perder la sintonía con la calle, algo tan sencillo como eso.

Siempre he pensado que era importante comenzar a hablar de cosas que no se hablaban en mi país por prejuicios, como es el tema de la homosexualidad

Azul y no tan rosa es ganadora del primer Goya en Venezuela tras 15 años sin ningún título venezolano nominado, desde Amaneció de golpe, de Carlos Azpúrua. ¿Cómo viviste la nominación y la obtención del premio?

Ese día estaba en la Academia. Me llamó Juan Jesús Valverde, actor español, actor de la película y académico, y me dijo: “Vamos a la Academia, a ver quiénes son los nominados”. Y le dije: “Mira, yo mejor me quedo y lo veo en streaming”. Estaba totalmente nervioso porque 15 años sin que Venezuela estuviera nominada era un gran compromiso. Yo sabía que mi película tenía condiciones para estar entre las cuatro finalistas, pero ya sabes cómo es esto: son muchas cabezas las que votan, son más de mil votantes, da mucho vértigo. No son dos o cuatro personas con las que tú puedes analizar por dónde van a ir más o menos dependiendo de quién es quién. Eso es lo que pasa en los festivales, donde el jurado es pequeño y sabes que van a premiar una película que tenga ciertas características. En este caso es como un microuniverso, que son los miembros de la Academia, y hay una variedad enorme de criterios.

Al final Juan Jesús me convenció y fui. Cuando dijeron Azul y no tan rosa, la emoción fue gigantesca. Lo primero que pensé fue en la alegría tan grande que le iba a dar a mis compañeros y a los medios cinematográficos, el hecho de que por fin los venezolanos volvemos a estar en una contienda de esta envergadura, porque el Goya es como el Óscar español. Y el premio a la película iberoamericana es el más reñido de toda la contienda porque es a la mejor película de los dieciocho países de Iberoamérica. Para mí estar nominado fue el gran premio. Me sentí agradecido por estar invitado a la noche de la gala final, y por estar allí, escuchando el nombre de mi país. Y resultó que ganó. La emoción fue tan grande que cuando el equipo se enteró de que estábamos nominados, vinieron prácticamente todos porque no se querían perder este momento. A mí sólo me dieron la invitación para mí y para un acompañante, pero ellos me dijeron que querían estar incluso si se tenían que quedar fuera. Afortunadamente, después de un gran esfuerzo, al final lograron entrar. Yo les dije que si por casualidad nos llamaban, “ustedes, desde donde estén, se vienen para el escenario, porque es un momento único para nosotros”. Es el primer Goya para Venezuela y estoy muy contento por haberle dado a mi país esa alegría, una noticia amable, un mensaje positivo.

Para mí el mayor premio es lo que ha sucedido con el público que fue al cine, que son más de 600.000 espectadores, que se dice pronto, en un país donde ninguna película venezolana había logrado 100.000 espectadores. Las redes sociales también han sido todo un descubrimiento, porque pude conocer en tiempo real la emoción de la gente. La gente, al salir del cine, tuiteaba. Y los cientos de emails que recibo semanalmente de gente que ha visto la película y que me da las gracias por haberles ayudado a tener una mayor calidad de vida. Chicos y chicas que han llevado al cine a sus padres para, después de la película, atreverse a hablar sobre su propia orientación sexual. O de familias que se reencontraron, que se dieron cuenta de que es una tontería estar enfadadas sólo por pensar diferente. Ése es el gran premio, el ver cumplido mi objetivo como creador que hace que la gente se emocione, que hace reflexionar y hace vibrar.

©Celia Bendelac

©Celia Bendelac

¿Tienes otro proyecto cinematográfico en mente?

Sí, pero sólo te puedo decir que creo que este año voy a tener listo el guión, y el año que viene será de financiamiento, si Dios quiere. Y a ver si a finales del año que viene puedo estar ya filmando. Ojalá. Me encantaría.

¿Sobré qué va a ir tu próxima película?

Siempre voy a hablar del ser humano, de su esencia. De sus conflictos y sus decisiones. Voy a hablar de la gente desde sí misma, que es lo que hace universal una historia. El ser humano como gran clásico, como el gran personaje que ha trascendido todos los tiempos.

Es el primer Goya para Venezuela y estoy muy contento por haberle dado a mi país esa alegría, una noticia amable, un mensaje positivo

¿Seguirás trabajando como actor o te quieres centrar más en la dirección?

Sí, también voy a trabajar en una película como actor. Pero no puedo adelantar mucho tampoco. Es una película para un director venezolano muy querido.

Si sonara tu teléfono móvil, ¿qué director te gustaría que te estuviera llamando y para qué papel?

Papel, el que siempre decimos los actores: el que no he hecho todavía. Y me encantaría rodar con Campanella, que me parece maravilloso.

Vives entre Caracas y Madrid, aunque últimamente estás pasando más tiempo en Madrid. ¿Qué es lo que más te gusta, y lo que menos, de estas dos ciudades?

Lo que menos me gusta de Caracas es el tráfico y la violencia. Pero me gusta su gente, y El Ávila, que es la montaña que tenemos, pues estamos metidos en un valle. Es una ciudad muy característica e interesante. Lo que más me gusta de Madrid es lo cosmopolita que es. Es una ciudad que está acostumbrada a recibir gente de todas partes, tanto de fuera como de la propia España, como buena capital que es. Mucha gente de todo el mundo la ha convertido en una ciudad muy abierta y respetuosa de la diversidad, y eso la hace encantadora; aparte de ser una ciudad hermosa y con un mundo cultural muy interesante. Lo que menos me gusta de Madrid es el verano, que es muy caluroso y llega a ser insoportable en agosto.

Además de escribir guiones y de actuar y dirigir películas y obras de teatro, ¿a qué dedicas tu tiempo libre?

Pinto cuadros de acrílico y óleo, aunque últimamente lo he dejado un poco. También me gusta el deporte; desde pequeño hago natación. Y me encanta cocinar. Siempre que me preguntan que si no fuera actor o director, qué me gustaría ser, digo que chef. Es difícil, pero me pongo y creo no se me da mal. Me gusta mucho invitar a mis amigos para cocinarles, y me gusta que les guste. Como no soy chef, es muy relajante. En mi película, tanto en la primera como en la segunda versión, me impresionó darme cuenta de que había tantas escenas de comida. Tuve que reflexionar sobre esto, porque todo giraba en torno a comer. Al final quité muchas cosas, o las cambié de contexto. Igual, como la película trata sobre la familia, creo que sus grandes momentos siempre son alrededor de una mesa, comiendo. Grandes comidas en las que se ve el universo personal de cada uno de los personajes.

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