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Homenaje a Juan Padrón, el mago creador de ‘Elpidio Valdés’ y ‘Vampiros en La Habana’

Juan Padrón murió en marzo del 2020, cuando acababa de empezar la pandemia: el mes más triste del año más triste. Aun así, el creador de esa joya de la animación festiva que es Vampiros en La Habana se fue con el humor intacto. Llevaba un tiempo tratándose de un cáncer, por lo que los médicos anunciaron que iba a necesitar terapia intensiva. ¿Tiene alguna pregunta que hacer?, le dijeron. Su respuesta fue: “¿Puedo tomar un cafecito?”.

Esto lo cuenta su esposa Alberta (Berta) Durán en el epílogo de Mi vida en Cuba, el primer tomo de las memorias que Padrón venía preparando en formato de novela gráfica y que el sello Reservoir Books ha tenido el acierto de publicar un año después.

El libro es una maravilla. No sólo como acercamiento a su obra como humorista gráfico, sino porque, como testimonio personal, da cuenta de lo que significa decir “Cuba” dentro de la historia universal del siglo XX y lo que supone en términos emocionales, familiares, íntimos, seguir el llamado de una vocación artística como la suya, que no distinguía entre la historieta, la dirección cinematográfica, el humorismo a secas (porque también escribió los guiones de otros humoristas gráficos) y, por supuesto, la animación.

Padrón —Juan Manuel, como lo llamaba por sus dos nombres Berta Durán, o “Padroncito”, su legión de admiradores— era un torbellino creativo y un portento a la hora de trabajar. Es difícil encontrar a alguien capaz de ganar dos Premios Nacionales en distintas categorías, Cine y Humor. O de hacer el guión dibujado de un largometraje completo (Vampiros…) en tan sólo 18 días. Como le confesó en una carta a un amigo, “mi esposa Berta me peleaba, que eso era un disparate, que me iba a morir […] Me daban fiebres por las noches. Durante días me quedó un tic muscular en el dedo pulgar de la mano derecha, pero entregué poco antes de fecha”.

Mi vida en Cuba empieza en 1853, cuando sus antepasados españoles Padrón llegaron en barco de las Islas Canarias y se bajaron con sus baúles y arcones en lo que creían que era La Habana. “La Habana es allá, cruzando la bahía. Esto es Guanabacoa”, les explica en una de las primeras viñetas un marinero local mientras otro se ofrece a llevarlos por una fortuna. De modo que se quedaron en Guanabacoa y de allí se fueron moviendo a otras provincias. Por ejemplo, a Matanzas, donde en 1860 llegaron sus antepasados maternos, los García, también desde esa España de la que se iban a independizar en 1898… para caer en manos de un Gobierno de intervención de Estados Unidos que duró hasta 1909.

Estos episodios históricos le sirven a Padrón para tensar la línea por la que transcurrirá su relato, siempre entre la ternura y la ironía.

Una delicia son, por ejemplo, los episodios que narran las películas que filmaba junto a su hermano Ernesto y otros amigos en el central azucarero (fábrica de azúcar) donde vivía la familia. Con una creatividad y un ingenio que anunciaban el futuro de una estirpe (Ernesto también ha escrito y dirigido una veintena larga de películas, al igual por cierto que su hijo, Ian Padrón Durán), los hermanos no habían alcanzado la adolescencia cuando se lanzaron a reproducir con una cámara de 8 mm el cine bélico, western y de aventuras que veían en la tele.

Filmaban hasta los créditos finales, con letras de papel pegadas sobre un cristal, y el gran momento llegaba cuando enviaban los rollos a revelar a Miami y todo quedaba listo para el estreno mundial. “Ver nuestra obra era un momento de gloria. No nos importaba que el actor fuera… rubio en un plano, mulato en otro, rubio de nuevo…” y “nunca entendimos que [los adultos de la familia] se rieran de un inmortal drama bélico” o que su Supermán fuera uno “superflaquito” al que se le caían los calzoncillos y se le veía la etiqueta en la capa.

Y así, todo, para reírse con él, mientras la macrohistoria de su historieta va dando cuenta de cómo fue escalando la violencia represiva bajo la dictadura de Batista, la aparición de los “barbudos”, el triunfo de la Revolución, el llamado al servicio militar o la guerra eterna, ideológica y también de la otra, con los vecinos del norte.

Berta Durán recoge este retrato escrito al vuelo por un amigo de Padrón tras enterarse de su muerte: “Para saber de Padrón había que conocerlo a lo cortico, como decimos los cubanos. En su zona de confort veíamos cómo se divertía, y verlo divertirse daba mucha alegría. Esa chispita de picardía en sus ojos era mejor que el billete ganador de la lotería. El Padrón íntimo era mejor que toda su obra”.

“Y creo que tiene toda la razón”, apostilla Durán, quien se enamoró de él cuando Padrón vivía en un cuarto en la azotea de una vieja casona “donde no llegaba el agua corriente y tenía un falso techo lleno de comején [carcoma] que cubría el piso y permitía simular que caminabas sobre arena”. “A mí se me antojaba de aspecto medieval”, escribió el artista en el prólogo de su libro Verdugos. “En la noche, si uno apagaba las luces, había murciélagos que cruzaban de un lado a otro de la torre por sus ventanas. Los murciélagos inspiraban chistes de vampiros; los comejenes, chistes de comejenes”.

Padrón hizo Vampiros en La Habana en condiciones no muy distintas. En 1981, la pareja, ya con Ian y una segunda hija en camino, consiguió permutar ese cuarto minúsculo y sin agua por otro subterráneo de iguales dimensiones, pero que al menos tenía baño propio y “una cocinita de un metro cuadrado [donde] podíamos jugar a las casitas”. Allí, sobre una mesa plegable que sólo podía abrir de madrugada porque durante el día no dejaba abrir la nevera, hizo el guión dibujado de Vampiros… en 18 días.

La película se estrenó en 1985, rompió récords de taquilla durante su primera semana de exhibición en La Habana, hoy forma parte de la colección del MoMA de Nueva York y la crítica de todo el mundo divide su valoración entre obra maestra y obra de culto, sin duda uno de los mejores largometrajes latinoamericanos del siglo XX.

El argentino Joaquín Salvador Lavado, Quino, lo conoció en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de ese año y poco después estaban trabajando juntos en llevar a la pantalla sus Quinoscopios, en una serie de animación de menos de un minuto por episodio. Tan buena les pareció la experiencia que, ya entrados los noventa, rodaron 108 capítulos de Mafalda y sus amigos. “Lo de nosotros no es una amistad”, decía Quino, “es un romance”.

Este viernes 16 de julio, a las 19:00 horas, Casa de América acogerá al artista y diseñador Javier Mariscal, al periodista Toño Angulo Daneri y a la hija de Juan Padrón, Silvia Padrón, quien ha puesto en marcha el centro cultural La Manigua dedicado a la salvaguarda y estudio de la obra artística de su padre, en una mesa redonda en la que se presentará el libro.

La cita será en el anfiteatro Gabriela Mistral de nuestra gran casa americana en Madrid, y el aforo estará limitado a 80 localidades.

En Ibermedia Digital contamos con una biofilmografía de Juan Padrón, así como con un artículo del crítico Luciano Castillo titulado Juan Padrón y el cine cubano de animación.

Crédito de la imagen: cortesía de Ian Padrón Durán para la revista El Estornudo.

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