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Arturo Bonín, seis décadas de trayectoria actoral y compromiso político

Ha muerto Arturo Bonín, uno de los actores argentinos más queridos, con una trayectoria de casi 60 años que se traduce en su participación en unas cincuenta películas, cuarenta series y programas de televisión y sesenta obras de teatro, incluidas varias vinculadas al Teatro x la Identidad (TxI), un movimiento creado para ayudar a la causa de las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, es decir, de desaparecidos/as por la dictadura argentina.

Bonín murió la tarde del martes 15 y la noticia fue difundida de forma sencilla —en claro homenaje a la vida que él mismo llevó— por su pareja, la también actriz Susana Cart, y sus hijos Julieta y Mariano. El mensaje decía: “Con profunda tristeza comunicamos el fallecimiento de Arturo Bonín, quien amó su profesión de actor y director y ha tenido el privilegio de vincularse y compartir hermosos momentos con tantas personas que lo quieren y respetan”.

Nacido en 1943 en el barrio porteño de Villa Urquiza, Bonín debutó en el cine en la comedia Las muñecas que hacen ¡pum! (1979), escrita y dirigida por el multifacético Gerardo Sofovich. Antes ya había participado en obras de teatro (sobre todo con la troupe Grupo del Centro, donde conoció a Susana Cart) y alguna que otra serie de TV, eso sí, después de sortear las reticencias de su padre, quien al enterarse de que quería ser actor llegó incluso a llevarlo al médico, preocupado por su estado mental. Por suerte, “el médico lo calmó, le dijo que no pasaba nada. Y mi viejo confió y me dio libertad”, contó el propio Bonín en una entrevista.

Fue en los 80 cuando Bonín empezó a convertirse en un actor querido y popular, un rostro al que sus compatriotas veían lo mismo en la TV y en el cine que en una obra de teatro de barrio. Siguió trabajando con los prolíficos hermanos Gerardo y Hugo Sofovich, con otro de los creadores de la comedia picaresca típica de la Argentina de esa época (Hugo Moser), y también en una extensa cantidad de series y telenovelas como Romina, Aquí llegan los Manfredi o La señora Ordóñez.

Tras el fin de la dictadura en diciembre de 1983, Bonín alterna su carrera actoral entre producciones para el gran público y proyectos de cine más comprometidos políticamente. Entre esas películas figuran Espérame mucho (1983) y Asesinato en el Senado de la Nación (1984), de Juan José Jusid; Contar hasta diez (1985), de Óscar Barney Finn; Bairoletto, la aventura de un rebelde (1985), de Atilio Polverini y Sebastián Larreta; o Los dueños del silencio (1987), de Carlos Lemos.

Hay otro título esencial en su filmografía de esa época que, con la perspectiva de hoy, se puede incluir entre los primeros intentos del cine argentino por abordar la homosexualidad de manera seria. Se trata de Otra historia de amor (1986), de Américo Ortiz de Zárate, donde interpreta el papel de un empresario casado y con hijos que se deja seducir por uno de sus empleados.

También se convirtió en presentador de televisión en Yo fui testigo (1986-1989), uno de los programas políticos emblemáticos de finales de esa década. El programa, creado por los escritores Ricardo Halac y Juan Carlos Cernadas, reconstruía a través de la ficción acontecimientos y biografías de mujeres y hombres clave en la historia argentina.

Desde entonces hasta que un cáncer de pulmón se lo llevó por delante, Bonín siguió actuando en películas, programas de TV y obras de teatro que siempre dieron cuenta de su gran talento y enorme versatilidad actoral, así como de su generoso carácter. En el cine siguió haciéndolo hasta hace nada, como lo demuestra que su nombre aparezca en títulos tan recientes como La dosis (2020), de Martín Kraut; Al tercer día (2021), de Daniel de la Vega; Quequén (2021), de Guillermo Gravino, y Los bastardos, de Pablo Yotich, todavía en posproducción.

Ah, y un dato impagable para espectadores españoles: Arturo Bonín es Bruno en Amanece, que no es poco, la obra maestra de José Luis Cuerda, otro grande de nuestro cine.

Crédito de la imagen: © Buenos Aires Opina, BAOpina.

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