Paraíso infernal, la película que marcará el debut de Maite Rivera Carbonell en el largometraje de ficción, narra la historia de Joshua, un puertorriqueño de 43 años enfrentado a la desigualdad, el desarraigo y la crisis de la vivienda en su país, pero al mismo tiempo redimido por la belleza de la resistencia queer.
Así lo contó la cineasta recientemente en Madrid, en el pitch de clausura del Curso de Desarrollo de Proyectos Audiovisuales Iberoamericanos, CDPAI 2025, y así lo contó también el año pasado en el VIII Taller de Desarrollo de Proyectos Cinematográficos de Centroamérica y el Caribe realizado en Cuba, en el marco del Festival de La Habana.
Joshua trabaja como operario en un almacén y debe cuidar de su madre, con síntomas de demencia senil. Lo que gana apenas cubre lo básico, no se puede permitir cuidados completos para ella y el ruido de una construcción vecina le recuerda día tras día cómo avanza la gentrificación en su barrio.
Su único respiro es el Ballroom Queer, un espacio de libertad y comunidad donde Joshua vive una segunda vida como diseñador de vestuarios.
Un aviso de desahucio lo pone de cara contra la realidad: su edificio será convertido en apartamentos de lujo. Su hermano se lleva a su madre a Chicago y Joshua se queda solo en la casa vacía, con una maleta y un lápiz labial rojo que lo conecta con su identidad.
«Paraíso infernal retrata la resistencia queer y la pérdida del hogar en un país que expulsa a su gente», escribe Maite Rivera Carbonell en la presentación de la película en el dossier del CDPAI. «Es un homenaje a quienes, pese a la marginación, reinventan su hogar una y otra vez».

En el Taller de Centroamérica y el Caribe de 2024 pude definir mejor la historia. En el CDPAI 2025 todo se solidificó con un guión definitivo
Antes de esta película, la cineasta puertorriqueña dirigió el cortometraje La nota final (2001), mención especial en la Berlinale Kinder Film Fest, y el largo documental Las carpetas (2011), una coproducción de España y Puerto Rico que recibió los fondos de estímulo de Ibermedia al codesarrollo de cine iberoamericano en nuestra convocatoria 2008 y los fondos de estímulo a la coproducción en nuestra convocatoria 2009.
Las carpetas puso el foco en los métodos de vigilancia, espionaje y persecución que durante años utilizó la policía de Puerto Rico con apoyo del FBI de Estados Unidos para intimidar a los opositores al gobierno. Tuvo un exitoso recorrido por festivales internacionales y se alzó con el segundo Premio Coral en el Festival de La Habana de ese año.
Especializada en sonido en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, Maite Rivera Carbonell ha sido reconocida con dos Premios Goya al Mejor Sonido por Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, y 3 días (2008), de Francisco Javier Gutiérrez. Otros títulos destacados en su filmografía como montadora de sonido incluyen El Bola, Las vacas con gafas, El silencio del viento y La pecera.
De El silencio del viento (Álvaro Aponte-Centeno, 2017) y La pecera (Glorimar Marrero Sánchez, 2023), así como de Liborio (Nino Martínez Sosa, 2021), tres largometrajes realizados igualmente con los fondos de estímulo de Ibermedia, es además productora ejecutiva.
Maite Rivera Carbonell tiene la certeza de que Paraíso infernal es una historia «dolorosa pero necesaria de contar» que merece ser filmada «lo antes posible». Nosotros también.
¿Qué dirías que han aportado tanto el TDPCCC de La Habana 2024 como el CDPAI de este año al desarrollo de tu película?
En el TDPCCC pude definir mejor la historia y unir dos mundos: la vida cotidiana del personaje principal y el mundo queer. Las charlas con Lola Salvador [su asesora en el Taller, junto con Fernando Pérez] fueron muy enriquecedoras; siempre se planteaban problemas y encontrábamos posibles soluciones.
En el CDPAI todo se solidificó, logrando un guión definitivo. Trabajamos la estructura dramática y, sobre todo, el arco del personaje principal. Ahora la transición entre el segundo y el tercer acto fluye mucho mejor, pero la esencia de la historia permanece intacta. Voy a dejarlo descansar unas semanas para releerlo y hacer retoques, pero ya es hilar fino: pequeños detalles que florecen, porque la estructura está cerrada.
El compartir tu mirada con los asesores y compañeros de ambos programas ¿te ha permitido «ver» algo que de otro modo habría sido más difícil?
Ha sido muy interesante escuchar cómo perciben los compañeros la historia escrita en papel. Cada cual, desde su realidad, se imagina un mundo distinto. Por ejemplo, cuando en mi guión hablo de una playa —que en mi caso es urbana— cada persona la asocia con sus propias playas, y eso genera otro imaginario. Pero es bonito ver esos otros puntos de vista y tener que explicar la realidad de Puerto Rico, compartir imágenes para que comprendan por completo lo que uno escribe, transportarlos a mi mundo. Las observaciones de los compañeros son necesarias, aunque no siempre sean certeras; inevitablemente te hacen pensar y esto es lo importante. Y los asesores son quienes te guían y te vuelven a encaminar cuando algo no avanza.

‘Paraíso infernal’ es una historia dolorosa pero necesaria de contar. cada día tengo más la certeza de que hay que filmarla lo antes posible
¿Por qué crees que son necesarios este tipo de cursos, talleres y laboratorios en el contexto de la industria cinematográfica actual?
La escritura puede ser muy solitaria. Estos talleres son un acompañamiento necesario y muy estimulante, sobre todo cuando se mezclan tantos países, historias y géneros distintos. Al compartir con otros guionistas que están en procesos similares, se genera un laboratorio creativo colectivo: todos se involucran en los proyectos de los demás. Es inevitable, porque somos creadores de historias.
Paraíso infernal será tu primer largo de ficción y su historia está inspirada en un caso de desahucio que te tocó vivir de cerca. ¿En qué momento pensaste: «ésta es la historia que quiero contar»?
Paraíso infernal nace cuando mi mejor amigo es desahuciado de su casa y me dice que no quiere que haga un documental sobre su historia, jejeje. Ahí le dije: «Pues lo voy a ficcionar». Aproveché para incluir otros subtemas que me interesa contar sobre mi país: no sólo la gentrificación, sino también la diáspora, el mundo queer, la burocracia, la ineptitud gubernamental, el alto coste de vida, lo comunitario, la falta de apoyo a personas mayores… Todo eso está ahí, latiendo. Es una historia dolorosa pero necesaria de contar; cada día que pasa tengo más ganas y más la certeza de que hay que filmarla lo antes posible. Tengo muchas ganas de verla en pantalla grande.
¿Qué diferencia ves entre la crisis habitacional que se vive en Puerto Rico con la que vemos por ejemplo en España? Das algunas pistas en el dossier y dices que es una crisis agravada por la «condición colonial» de tu país, la de un Estado que carece de soberanía respecto de EE UU.
El tema de la vivienda es universal: son pocos los países que ahora mismo no están sufriendo la falta de un techo seguro [para tantísima gente]. El problema es similar en todas partes: precios de venta altísimos para el salario promedio y alquileres ridículos para espacios infrahumanos.
En Puerto Rico, además, el gobierno ha implementado leyes que benefician a inversionistas extranjeros, dándoles exenciones contributivas por diez años si invierten y montan un pequeño negocio. Esto ha convertido el mercado en una burbuja para esos inversionistas —en su mayoría estadounidenses, aunque también hay europeos—. El mercado inmobiliario se ha disparado y muchas ventas sólo aceptan compradores «cash»; no aceptan préstamos ni ayudas para primera vivienda. Nos están vendiendo nuestro propio país, sin dejarnos la posibilidad de habitarlo.
¿Y por qué digo que es colonial? Pues porque somos un territorio de Estados Unidos. Le llaman «Estado Libre Asociado», pero la definición es contradictoria. Tenemos pasaporte estadounidense, pero no tenemos voz ni voto en su Congreso ni derecho a votar por su presidente. Sin embargo, sus leyes están por encima de las nuestras y, además, se nos impuso una Junta de Control Fiscal que decide dónde podemos o no gastar. La clase baja y media vive en un limbo, casi un callejón sin salida. Por eso muchos puertorriqueños deciden irse al país opresor: tenemos el pasaporte, podemos vivir en cualquier estado y allí sí recibes beneficios e incluso puedes votar. Es una trampa. Parece que quieren que nos vayamos de nuestro país para poblar el «Mainland» y buscar allá un «mejor futuro».

La comunidad queer en Puerto Rico es resiliente. En realidad, el puertorriqueño es así. Nuestra música y nuestras playas nos salvan
A la expulsión de tu protagonista de la casa donde vive se suma la marginalidad de cierta comunidad queer puertorriqueña en la que él encuentra un espacio de libertad y resistencia. ¿Qué nos puedes contar sobre este tema?
La comunidad queer en Puerto Rico es resiliente; siempre busca maneras de ser libre. En mi historia eso se ve en la creatividad de los ballrooms, donde el baile y los vestuarios dan esa sensación de felicidad absoluta. Pero en realidad el puertorriqueño, en general, es así. Nuestra música y nuestras playas nos salvan, nos mantienen vivos. Tenemos un dicho: «El pueblo salva al pueblo». Lo vivimos en 2017 cuando un huracán categoría 5 destrozó el país: hicimos comunidad y salimos a flote. En Puerto Rico siempre estamos en un estado de supervivencia.
En tu pitch hablabas del diseño sonoro de Paraíso infernal, algo natural teniendo en cuenta tu filmografía. ¿Cómo ves la película en general en diálogo con tu obra anterior, incluso con tu exposición SincronizadEs?
La conexión está en que siempre cuento desde lo visceral y lo real, y en que el sonido tiene un rol fundamental narrativo. El sonido determina el entorno, y soy muy sensible a lo sonoro; siempre presto atención a los ambientes que rodean cada espacio.
En La nota final, por ejemplo, seguimos a un niño que busca esa nota que le falta para completar una escala y poder tocar sus botellas. SincronizaEs fue un experimento muy satisfactorio: a través de creaciones sonoras generé cuadros visuales abstractos, y fue maravilloso ver a la gente escuchando mientras miraba imágenes fijas.
El documental largo también juega con los sonidos ambiente; es algo que no puedo evitar, jejeje. Aunque La nota final la rodé en Cuba, sigue el mismo camino narrativo sonoro: el ambiente define el espacio.
De hecho, justo ayer regresé a Puerto Rico y, al acostarme, pensé: «Wow, qué diferencia sonora con Madrid». El sonido es hermoso, narrativo y sensorial.

© Todas las fotografías han sido cedidas por Maite Rivera Carbonell para la publicación de esta entrevista.

