El Programa Ibermedia de estímulo al cine iberoamericano reunió a cinco cineastas en la Berlinale y propuso una conversación alrededor de esta pregunta: «¿Cómo abordar desde el cine iberoamericano la distopía en la que se ha convertido el mundo?»
Hasta hace poco, las distopías en el cine eran realidades que había que imaginar: un futuro posible, entre muchos, que los cineastas concebían poniendo un pie, o dos, en el género fantástico y la ciencia ficción. Hoy no hace falta. El mundo se ha vuelto una distopía y América Latina es un territorio amenazado por ella. En palabras de la cineasta brasileña Janaína Marques, «ya no tenemos que imaginarla: la estamos viviendo».
Esta primera idea sirvió de punto de partida a la mesa redonda que, con el título de El cine iberoamericano frente a una realidad distópica, organizó el Programa Ibermedia en colaboración con el Instituto Ibero-Americano de Berlín y el Instituto Cervantes en el reciente Festival de Cine de Berlín, la famosa Berlinale, que este año volvió a premiar al paraguayo Marcelo Martinessi con su nueva película, Narciso.

Martinessi fue otro de los participantes de la mesa, junto a la brasileña Marques, la mexicana Estrella Araiza, la colombiana Diana Bustamante y el chileno Diego Mapache Fuentes. Es decir, un director tempranamente consagrado con sus dos largometrajes realizados hasta hoy (Las herederas, la ópera prima de Martinessi, se alzó con dos Osos de Plata en la Berlinale 2018); una directora, guionista y profesora de cine brasileña; la directora del Festival de Cine en Guadalajara y de la Cineteca FICG; una productora a quien todo el mundo atribuye el mérito de la internacionalización del cine colombiano, y el debutante director chileno de Matapanki, película también premiada en Berlín.
«Lo más interesante del cine latinoamericano es que todo lo que toca, muta», dijo Diana Bustamante en una de las intervenciones más celebradas de la mesa. «Pasó con la literatura latinoamericana y pasa también en el cine, que cuando un código entra en contacto con nuestro imaginario se vuelve más luminoso. Tal como se entiende en otros lados, la distopía es un poco “tengamos miedo, que viene el coco”. Pero como nosotros hemos visto el coco tantas veces, ¡no nos da miedo! Así, en Latinoamérica, lo distópico acaba volviéndose también utópico. Es lo más maravilloso que tenemos».
La coproducción como gesto político de amor
¿Qué hace que los rígidos esquemas de los géneros se transformen al apropiarse de ellos un creador o creadora latinoamericano? ¿Qué tiene nuestra alma colectiva para que esto ocurra, qué tiene nuestra mirada? Una de las claves, según Estrella Araiza, es ese humor latinoamericano tan difícil de reproducir y por lo mismo tan inconfundible.
Araiza contó que hace unos años le tocó trabajar en la venta internacional de la película cubana Juan de los muertos, de Alejandro Brugués (2011). La cinta nace de la disparatada idea de que el apocalipsis zombi está pasando de verdad y nada menos que en Cuba. «Luego la industria les puso la etiqueta de zombedies, comedias con zombis, pero en ese momento los creadores cubanos de esa película demostraron cómo podíamos trasladar un código internacional a una realidad [la nuestra] que es muy especial. Y cómo hacerlo sin complacer a la visión eurocentrista que nos quiere decir cómo somos o tenemos que ser. Y, lo más importante, cómo vencer al sistema. Con esa película vencimos al sistema [de la industria cinematográfica internacional] porque la vendimos en todo el mundo, y la vendimos bien».
Citando al jesuita Bartomeu Melià, quien trabajó junto al pueblo guaraní en Paraguay, Martinessi recordó que «la conquista sólo se completa cuando se conquista la lengua, y por suerte en Paraguay nunca se conquistó porque la mayoría sigue hablando guaraní». Ese pueblo resistente es «un pueblo que camina y va hacia la tierra sin mal», es decir, de la distopía a la utopía. Hoy, dijo Martinessi, «la distopía ha crecido tanto que empieza a afectar a más personas en América Latina, por eso la sentimos más cerca y defendernos de ella se vuelve más urgente».

Somos territorios de por sí diversos y complejos, insistió el paraguayo, por eso «lo que Ibermedia nos ha dado es un espacio para trabajar juntos y entendernos más». Hay un cambio en la violencia estructural que amenaza al continente. Ya no son las dictaduras sangrientas como la de Stroessner, la de Videla, la de Pinochet. «Pero se mata gente de otra forma: ahogándola con gastos en salud y educación. Si esa violencia estructural ha mutado, nosotros también tenemos que encontrar la forma de ponerla sobre la mesa y resistir. Con un cine que, como ya se ha dicho, no sea oscuro ni renuncie al humor».
La mención de Ibermedia introdujo un giro de guión en la mesa moderada por la poeta y periodista chilena, y también cineasta, Violeta Medina. Diego Mapache Fuentes dijo que con Matapanki había descubierto que «el amor es una forma muy poderosa de resistencia», pero no el restringido a la familia, sino «el colectivo, el que llega más lejos con la idea de la coproducción, el ayudarnos como artistas, que es nuestra familia no nuclear».
Fuentes recordó que cuando estudiaba cine sus profesores orientaban sus búsquedas de coproducción a determinados países, «los que te pueden dar esto y esto. Y yo decía “no, ¿por qué?, si lo que yo quiero hacer es coproducciones con mis hermanos bolivianos, mis hermanos peruanos”». Su sensación es que en Chile «tenemos la distopía más cerca y los jóvenes tenemos miedo de qué puede pasar con la cultura» con un nuevo gobierno tan tirado a la derecha. Pero también «que tenemos mucho que aprender del amor de nuestros viejos», los que les enseñaron cómo hay que organizarse «para hacerle frente a la distopía».
«La coproducción no sólo como algo económico», dijo Janaína Marques, «sino como un gesto político. En un territorio donde muchos gobiernos crean sistemas de exclusión, la coproducción aparece como un acto de inclusión».
Previamente, Marques, quien dijo que hablaba en portuñol, «un idioma utópico» que en la sala todos comprendían, había reivindicado también el amor, el afecto, la imaginación y «el no tener miedo» para plantarle cara a la distopía desde el cine. «Ante una realidad tan sombría, todas estas herramientas son revolucionarias. Es muy loco que alguien te diga “es que no puedes hacer eso”. ¿Cómo? En el arte puedes hacer todo. Es el territorio más libre que existe».
«¿Para quién filmamos?»
El cine da la oportunidad de disputar espacios, había dicho Marcelo Martinessi en algún momento. La colombiana Diana Bustamante tomó el testigo: «Es importante recuperar la idea de que somos un continente. No nos autosegreguemos. No podemos tener un discurso anticolonial si nosotros mismos no hemos decolonizado nuestra mirada».
«Si la conquista se produce cuando se conquista una lengua, la nuestra será cuando hagamos nuestro el lenguaje cinematográfico», se lanzó. «En el cine estamos un poco adormilados. “Si mi película no llegó a tal festival internacional, no existe”. Perdón, no somos una bolita tratando de ser un cuadrado para encajar en un rincón de tal o cual festival. Se nos olvidan los festivales que tienen el foco puesto en Latinoamérica, cuán importantes son. Si lo quieren ver de otra forma, somos un mercado potencial de más de 600 millones de personas que hablamos un idioma y nuestras películas no circulan en nuestro continente».

«¿Para quién filmamos?», preguntó Martinessi y recordó que antes de Las herederas había realizado varios cortometrajes que sólo veía y celebraba el grupito de gente que pensaba lo mismo que él. Para eso no merecía pasarse dos años trabajando y luchando por conseguir la financiación. Su ópera prima, en cambio, provocó que se organizara una campaña en contra que decía que la película «lesbianizaba a las mujeres que iban a verla al cine» y hubo parlamentarios paraguayos que les gritaban a las actrices «fuera, lesbianas», confundiendo la ficción con la realidad.
«Lo que le digo a la gente joven es que si tienen la oportunidad milagrosa de hacer una película con un presupuesto decente», y si bien no lo dijo explícitamente dio a entender que esto hoy es posible gracias a utopías de trabajo colectivo como el que promueve el Programa Ibermedia de estímulo a la coproducción de cine iberoamericano, «que ese esfuerzo compartido sea capaz de atravesar la pantalla y de meterse en la realidad».
Hace falta una educación cinematográfica enfocada en el cine latinoamericano, resumió Estrella Araiza. En México no se pone la etiqueta de cine mexicano porque sólo por eso mucha gente no irá a verla, contó. «Con Matapanki me preguntaron si iba a estar hablada en chileno», se sumó Fuentes. «Como si tuviera que renunciar al lenguaje que habla mi familia o el barrio de clase trabajadora donde crecí».
«Hacemos cine para proponer conversaciones», cerró Bustamante. «Nuestra responsabilidad como artistas es que estas conversaciones sucedan y estén abiertas».
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Las fotos son de Rosa Sophia Rodríguez

