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Hoy somos uno menos: muere el cineasta, actor y director de teatro venezolano Rober Calzadilla, autor de la deslumbrante ‘El Amparo’

Tuvimos el privilegio de conocerlo, y esa reconfortante sensación de haber compartido unos momentos con uno de los creadores más admirables y sensibles del novísimo cine latinoamericano debería servir para conjurar la enorme tristeza que sentimos al enterarnos de su muerte. Pero no, el grato recuerdo no es suficiente. Hay personas que no deberían dejar este mundo siendo tan jóvenes, y Rober Calzadilla es una de ellas.

Actor, director y productor de teatro además de cineasta, de Calzadilla tuvimos noticia cuando leímos su nombre en los créditos de La familia, dirigida por su compatriota Gustavo Rondón Córdova y candidata por Venezuela a los Oscar 2019. En esa película, muy madura a pesar ser una ópera prima, en gran parte por el trabajo de los actores que encarnan a un padre y su hijo púber-adolescente en una relación endurecida por el contexto social —un «padre soltero» obligado a tener dos trabajos para llevar dinero suficiente a la casa—, Rober Calzadilla aparecía como director de actores.

Cuando finalmente lo conocimos y conversamos con él con motivo del estreno en España de El Amparo, su gran película de 2017, ganadora de una veintena de premios en los festivales más importantes del mundo y candidata a los Goya y al Horizontes Latinos en San Sebastián, comprendimos por qué.

El Amparo aborda desde la ficción una historia real: la masacre de un grupo de pescadores amazónicos venezolanos en una zona de la frontera con Colombia cometida en 1988. Sólo sobrevivieron dos. La versión oficial se empeñó en presentarlos como guerrilleros colombianos que se habían enfrentado a las fuerzas armadas de Venezuela, pero en treinta años de investigaciones esa historia nunca se sostuvo. Pese a esto, siete gobiernos diferentes después, nadie consiguió llevar a los altos mandos militares responsables de la masacre a un juicio civil.

Fotograma de El Amparo.

La recreación fílmica escrita y dirigida por Rober Calzadilla reunía a un puñado de actores para los papeles principales con un numeroso elenco de pobladores de la zona. Lo increíble era que, aun siendo intérpretes profesionales, y a menos que uno los conociera del teatro independiente venezolano, en la película a todos se les veía comportarse de forma muy parecida. Unos y otros caminaban sin zapatos, como era habitual en el pueblo de El Amparo en 1988, y se movían con natural destreza por el exuberante entorno amazónico.

«Tiene que ver con mi primer recuerdo de El Amparo», nos explicó Calzadilla en la entrevista que publicamos en diciembre de 2017. «Yo vi personas. Y con los actores siempre decíamos: son personas, no personajes. Por eso en la primera parte del proceso actoral trabajamos sin guión, fue un trabajo con el actor… En realidad había un guión, pero los actores nunca lo tuvieron».

Para alcanzar esa naturalidad que hace del visionado de la película una experiencia inolvidable como pocas, el director de El Amparo primero trabajó durante un mes y medio con los actores en una experiencia a la que llamó «el despojo»: quitarse del cuerpo la técnica actoral.

«En esa primera parte, que duró mes y medio, ni siquiera hablábamos de la película», nos contó. «Pero incluso en esa primera parte metimos al fotógrafo, Michel Rivas: él era un actor más, de tú a tú. Esto también me interesaba porque sabía que en algún momento teníamos que asumir la cámara como “alguien más” que está pasando por lo mismo que pasan las otras personas. […] Era una forma de limpiarlo también, de despojarlo de posturas».

Rodaje de la película en El Yagual, un pueblo a unos 200 km de El Amparo real.

Ya después, cuando Rober Calzadilla sintió que todos, actores y equipo técnico estaban desnudos, se mudaron a vivir al pueblo donde se rodó la película, que no es propiamente El Amparo, porque ahora «es grandísimo y está lleno de motos y reggaetón», sino a otro que está atravesado por el mismo río.

«Allí fuimos llegando escalonadamente: primero los actores y yo, unas quince personas, y la tarea era vivir, ser parte del pueblo. Obviamente allí no había hoteles ni posadas, así que tuvimos que rentar algunas casas para tener donde dormir. Pasada la etapa del despojamiento, lo que nos interesaba era la convivencia, así que había que levantarse a las cinco de la mañana e ir a pescar, todos, actores y actrices».

«Y aquí pasa algo muy interesante», nos dijo Calzadilla con ese talento innato que tenía para contar bien una historia. «Mientras en la actuación se trata de sobresalir, aquí tocaba hacer lo contrario: la tarea iba de “ser paisaje”, no distinguirse de los demás, y eso —te lo dice alguien que es actor— para un actor puede ser muy fuerte».

Otra idea que le interesaba explorar era igualmente potente en una película basada en personas y no tanto en personajes: si alguien se vuelve protagonista es porque «las circunstancias la hacen protagonista».

Entonces «con la gente del pueblo pasó algo bonito. Habíamos tenido conversaciones con ellos y ya sabían que iban a llegar los actores, pero cuando ya estábamos todos conviviendo allí, ellos seguían esperando a los actores. Es decir, para ellos, estos chicos, estos rostros, no podían ser protagonistas de nada. Cuando lo supieron, “mira, éste es Vicente, éste es Giovanny y ésta es Samantha”, se mataban de la risa. Decían: “No, no, en serio, ¿cuándo van a venir los actores?”. Porque los veían trabajando a su lado, pescando, picando pescado o metidos en un charco con el agua hasta el pecho. ¿Dónde se ha visto que el protagonista de una película esté picando pescado? Esta cercanía generó algo muy hermoso que tiene que ver con la actuación y que son los vínculos. Porque cuando has trabajado codo a codo y hecho tantas cosas juntos, se han roto las barreras, y cuando vas a rodar la película, es una maravilla: ya todos se conocían, estaban tranquilos, relajados, cómodos».

Como no es difícil imaginar leyendo estos pocos fragmentos de la charla que tuvimos con Rober Calzadilla, tras ese encuentro nos habríamos pasado la vida conversando con él.

Lamentablemente, al poco tiempo recibimos la noticia de que le habían detectado un cáncer de pulmón y que sus muchos amigos y compañeros de teatro y cine —como la guionista de El Amparo, Karin Valecillos— habían puesto en marcha una campaña solidaria para echarle una mano.

Siete años mantuvo la lucha con la enfermedad. El domingo 12 de julio falleció en Las Palmas de Gran Canaria, en el archipiélago de Canarias, España, donde llevaba viviendo prácticamente desde que le diagnosticaron la enfermedad. En diez días habría cumplido 51 años.

Además de El Amparo, la obra cinematográfica de Rober Calzadilla se compone también del largometraje El país de Abril (2013), una película que aborda la polarización social y política de la Venezuela de entonces, y el proyecto Un país imaginario donde los perros comen flores (Amanda Pérez, todavía en posproducción) que impulsó como productor, reafirmando su interés por el cine independiente venezolano.

Su trabajo teatral estuvo ligado a Tumbarrancho Teatro, colectivo con el que participó en la creación y puesta en escena de numerosas producciones que consolidaron su visión del teatro como una herramienta de reflexión, experimentación y compromiso ciudadano. Ni más ni menos que lo mismo que hizo en el cine.

La única manera de honrar la memoria de alguien como Rober Calzadilla es volver una y otra vez a su obra.

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